Faraón: Señor de las Dos Tierras

Cabeza del faraón Tutmosis III. Dinastía XVIII, reinado de Tutmosis III, c. 1479-1425 a. C.

José Antonio Val & Daniel Pérez Artiga

Los faraones gobernaron desde el 3000 a.C., aproximadamente, hasta la conquista romana, en el 30 a.C., sin embargo la fascinación por el antiguo Egipto no tiene fin. Faraón. Rey de Egipto es fruto de la colaboración entre la Obra Social “la Caixa” y el British Museum, que conserva una de las colecciones egipcias más importantes del mundo. Dividida en nueve ámbitos, la exposición examina la figura del monarca egipcio desde todos los puntos de vista: como ser divino, situado en el centro de la estructura social, a cuyo alrededor se articulan símbolos y creencias que van más allá de la existencia terrenal; en su vida cotidiana, rodeada por su familia; como gobernante; como guerrero; e incluso pone de relieve que el origen de los faraones no siempre fue egipcio, como es el caso de Alejandro Magno. Esta exposición presenta 137 piezas destacadas de la colección egipcia del British Museum, desde joyas de fina ejecución a majestuosas esculturas, los objetos expuestos permiten apreciar las múltiples habilidades de los antiguos artistas egipcios, siendo testimonios de la imagen que el  faraón quería que se transmitiera de sí mismo.Destacan entre ellas varias piezas únicas: la figura del dios halcón Re-Haractes, una cabeza impresionante del faraón Tutmosis III de limolita verde, unas losetas del palacio de Ramsés III o un busto de mármol de Alejandro Magno.

Estatuilla en actitud de júbilo. Baja Época, c. 664-332 a. C., Egipto. Bronce.

Hijo de los dioses

Los faraones egipcios se presentaban como omnipotentes y devotos, líderes militares llenos de valor que, al tiempo que ampliaban las fronteras de Egipto, complacían a los dioses mediante la construcción de grandes complejos religiosos, y haciéndoles ofrendas diarias. Los cometidos del faraón estaban muy idealizados. El más importante era preservar la maat, concepto egipcio que englobaba el orden, el equilibrio y la justicia. A pesar de que el monarca tenía el deber de mantener Egipto unificado, en más de una ocasión, al fracasar en su cometido, condenó al país a la guerra civil. En su condición de sumo sacerdote al servicio de los dioses, otro de los deberes consistía en erigir esplendorosos templos en honor de estos últimos, pero con frecuencia acostumbraba a hacerlo por la vía rápida, reutilizando monumentos ya existentes. Las familias reales egipcias eran muy extensas, ya que el faraón, además de su esposa principal, tenía también varias consortes secundarias. Entre estas mujeres de la realeza hubo algunas que conocieron un destino excepcional, derivado a menudo de una situación política anómala. Es el caso de de Hatshepsut, que después de ser regente del futuro soberano Tutmosis III asumió ella misma el cargo de faraón; en cuanto a Ahhotep, sirvió como regente durante un periodo accidentado y, en recompensa por ello, recibió colgantes en forma de mosca, un honor reservado a los mejores guerreros. En general, las mujeres de la realeza solo aparecen mencionadas de pasada en las fuentes, y la información y documentación sobre ellas es escasa. El faraón tenía a sus órdenes un complejo sistema administrativo diseñado para mantener el control económico y político sobre Egipto. Dada la enorme magnitud de esta labor, la mayoría de las tareas solían delegarse en funcionarios, que en algunos casos disfrutaban de una considerable autonomía. El soberano se apoyaba en los visires, figuras poderosas que supervisaban la mayoría de los asuntos internos del país. En contraste con la élite, se sabe muy poco del pueblo llano o de quienes ocupaban cargos de menor relieve en la administración. La gran mayoría de los egipcios eran campesinos, a quienes se enterraban con muy pocos lujos, y cuyos nombres nos son desconocidos.

Ushebti del faraón Seti I. Dinastía XIX, reinado de Seti I, c. 1294-1279 a. C. Tumba de Seti I, Valle de los Reyes, Tebas, Egipto. Fayenza azul.

Una vida eterna en el Más Allá

Con la muerte del monarca, y la coronación de su sucesor, se cerraba el ciclo de su reinado. Al tiempo que un nuevo soberano pasaba a ser la siguiente encarnación de Horus, el difundo se convertía en Osiris, señor del Más Allá, además de unirse a Re, el dios solar, en su viaje por el inframundo y en su renacimiento diario con el amanecer. La tumba, con las fórmulas funerarias que la decoraban, servía de vehículo para transportar al soberano difundo en Osiris, y unirlo con el sol. Fuera del sepulcro una pirámide o una tumba tallada en la roca del Valle de los Reyes, los faraones eran enterrados siempre con un rico ajuar funerario que aseguraría su manutención en la otra vida, desde alimentos y muebles cubiertos de oro, hasta carros y juegos de mesa. Sin embargo, a pesar del fasto de sus aspiraciones en el otro mundo, la mayoría de los gobernantes sufrieron un final innoble. El saqueo de las tumbas fue una práctica común. Decenas de gobernantes de la última mitad del II milenio a.C. acabaron apilados en una tumba anónima después de que los sacerdotes reunieran sus momias para protegerlas. La tumba de Tutankhamos es uno de los pocos ejemplos de tumba (casi) intacta. La inesperada muerte del faraón a una corta edad suscita dudas en torno a la representatividad  de su sepulcro, pero a pesar de ello, y de sus reducidas dimensiones en comparación con otras tumbas reales del Reino Nuevo, contenía un número extraordinario de objetos. Algunos se hicieron ex proceso para su enterramiento, o para el de algún otro miembro de la familia real, mientras que otros pertenecieron al joven rey en vida. Este conjunto nos da una idea de la opulencia de las tumbas reales que, repletas de objetos de valor, como muebles, joyas, y alimentos, ponían de manifiesto la riqueza y magnificencia del faraón, y pretendían satisfacer sus necesidades para toda la eternidad.

Faraón. Rey de Egipto. CaixaForum Zaragoza. Hasta el 9 de enero del 2022

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