La Obra de Arte del mes

Doña Juana la Loca recluida en Tordesillas junto a su hija la infanta Catalina, de Francisco Pradilla.

José Antonio Val y Daniel Pérez Artigas

Antecedentes históricos: Ningún otro siglo ha mostrado tanta dedicación a lo histórico como el XIX. Será en la segunda mitad del siglo XIX, dónde se localizará preferentemente la cronología del llamado “fenómeno de la pintura de Historia”, cuyos orígenes inmediatos se encuentran en el arte francés oficializado por Napoleón y el interés que el neoclasicismo tuvo por la antigüedad. En España, los pintores Federico Madrazo y Carlos Luis de Ribera, fueron los introductores  de los temas medievales y sirvieron de puente, para la conocida como “primera generación” de pintores de Historia, en la que predominan los nacidos en los años treinta, cuya figura señera será Eduardo Rosales, y una “segunda generación”, en la que predominan los nacidos en la década de los años cuarenta, en la que destaca el pintor aragonés  Francisco Pradilla. La pintura de Historia, en tanto que arte oficial, será más bien un reflejo de la primera propuesta del término; pero un reflejo “contaminado” a menudo por el regionalismo que flotaba en el aire- en Aragón, por ejemplo, temas como la muerte de Lanuza o los héroes de los Sitios de Zaragoza, presentarán una lectura patriótica según el color del cristal con que se mira-. Hoy en día es mucho más fácil hablar de pintura de Historia. Los cuadros del siglo pasado logran alcanzar altas cotizaciones, los grandes museos vuelven a sacar tímidamente a la luz  aquellos lienzos- el Prado, restauró a finales del año 1988 la Juan la Loca de Pradilla-, incluso se organizan exposiciones, que constituyen resonantes éxitos populares- como la que tuvo lugar en el Palacio de Sástago, de la Diputación Provincial, en el año 1989, o más cercano en el tiempo, la que tuvo lugar en el Museo Nacional del Prado, en el año 2008-1

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Detalle de los personajes que acompañan a la reina. Foto. José Antonio Tolosa, de Arte-Paisaje blogpost

Morir de amor: Juana I de Castilla, llamada «la Loca», fue la tercera de los hijos de Fernando II de Aragón y de Isabel I de Castilla. Reina de Castilla  de 1504 a 1555, y de Aragón y Navarra, desde 1516 hasta 1555, si bien desde 1506 no ejerció ningún poder efectivo y a partir de 1509 vivió encerrada en Tordesillas, primero por orden de su padre, Fernando el Católico, y después por orden de su hijo, el rey Carlos I. Desde la villa de Arcos partió doña Juan en marzo de 1509 hacia Tordesillas, escribiendo Pedro Mártir de Anglería al conde de Tendilla desde esta ciudad el 30 de marzo de este año “El monarca, su padre, por fin ha logrado llevar la Reina Juana, su hija, a la ciudad de Tordesillas, situada en una colina, en las riberas del río Duero. Suponemos que allí pasará el resto de su vida, comenta en su soledad saturnia”. Y en este retiro, recibirá la soberana a su padre el rey Fernando el Católico, tal como le escribe el mismo Mártir de Anglería al conde de Tendilla el 24 de octubre del mismo año ”El rey, su padre, se ha encaminado a Tordesillas -que ha de ser su residencia permanente de la Reina Juana- con el fin de que, al llegar el invierno a esta vasta llanura de Castilla la Vieja- extremadamente fría a causa de la proximidad de los montes Pirineos- su hija pasara de los aposentos de verano, que dan sobre el Duero, a otras cámaras más abrigadas del mismo palacio, preparadas para la comodidad del Reina. Tan poseída se halla de Saturno, tan enemiga de trasladarse de las estancias mortíferas a las vitales, de las expuestas a los ventisqueros a las resguardadas de las intemperies. De nada sirvieron los halagos paternos ni la conmovieron tampoco las amenazas entremezcladas a veces con ellos. No obedeció a su padre, al cual, en otras ocasiones, respeta, venera y reverencia. No obstante, casi contra la voluntad de la hija, hizo que se arreglara su residencia de la manera adecuada para que no se helara de frío, haciendo más confortables los abiertos salones que habitaba, teniendo esteras en el suelo y cubriendo las paredes con tapices”. Con doña Juana viajaron siempre los restos de dos Felipe el Hermoso, y cuando se recluyó en Tordesillas, en la parte palaciega del convento de Santa Clara, el féretro se depositó en la zona conventual, pero de tal forma que la reina pudiera verlo desde una ventana de su palacio, viviendo desde entonces retirada en medio de la mayor tristeza. Pasó así doña Juana cuarenta y siete años sin salir de su palacio de Tordesillas, aunque intervino ligeramente en el gobierno y su nombre iba unido al de su hijo el emperador Carlos en los documentos públicos. Cuando la sublevación de los Comuneros recibió a una diputación de los mismos, pero decapitado Padilla, pronto se olvidaron de doña Juana aquellos que por un momento habían invocado los derechos de la desgraciada soberana para apoyar sus campañas. Y en este palacio de Tordesillas, muy cerca del féretro de su esposo, murió –asistida por San Francisco de Asís- en el año 1555, recobrando al parecer completamente la razón en las últimas horas de su vida. Por orden de su hijo Carlos, los restos de sus padres se trasladaron al Panteón de la Capilla Real de Granada. 2 El recuerdo de Juana se fue desvaneciendo con el paso del tiempo ​ pero su figura resultó muy atractiva para el romanticismo, porque reunía una serie de características muy valoradas por este: la pasión arrebatadora de un amor no correspondido, la locura por desamor y los celos desmedidos. La obra más famosa inspirada en la reina, fue el cuadro Doña Juan “la Loca” (1877), realizada por el pintor aragonés Francisco Pradilla, actualmente expuesta en el Museo Nacional del Prado.

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Detalle de la mirada ausente de la reina Juana. Foto. José Antonio Tolosa, de Arte-Paisaje blogpost

Una escena para la Historia: Francisco Pradilla fue mucho más que un pintor de historia. Se formó en una época en la que la pintura de historia tradicional se estudiaba, se cultivaba y se admiraba. Sus tres cuadros más célebres en este género- Juan la Loca conduciendo el féretro de su esposo, la rendición de Granada y El suspiro del moro– fueron pintados en un tiempo en el que las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes premiaban  las obras que resaltaban el poder y la grandeza  de las grandes epopeyas nacionales. 3 Sin embargo, como afirma Julián Gállego “No bastaba con pintar bien. Había que dar con un tema inédito y con garra, que entusiasmase a críticos y a espectadores; y había que llenar una tela de gran tamaño, que se viera de lejos, con personajes y accesorios que revelasen no sólo la maestría del artista, sino buena documentación. En esas dificultades pudieron estrellarse algunos buenos artistas. Sabemos de las angustias de los mejores por dar con un tema convincente y por ilustrarlo de acuerdo con la historia”. 4

La obra que proponemos en esta sección se titula Doña Juana la Loca recluida en Tordesillas junto a su hija la infanta Catalina. Se trata de una de las múltiples variantes que realizó Pradilla sobre la trágica vida de Doña Juana. Depositada en el Museo de Zaragoza, por Orden Ministerial de 14 de octubre de 1997. Procedente de la colección Ocharán, fue legado al Museo del Prado, por legado testamentario de don Luis Ocharán Aburto, aceptado en la sesión del Real Patronato del Museo del Prado. En este caso respecto al cuadro anterior se han duplicado las medidas de la versión que se encuentra en el Prado, con las que presenta algunas diferencias. Una atmósfera envuelve la composición. El criterio arqueologista de  pintor de historia se deja sentir en este cuadro donde ningún elemento ni detalle queda a la improvisación  reproduciéndose con cuidada y exquisita fidelidad. La textura de las paredes y de la gran chimenea, las alfombras, los diferentes objetos que aparecen sobre el alfeizar del ventanal junto al que se halla la desgraciada reina junto  a su hija la infanta Catalina, o las vestiduras que lucen los personajes, de las que sabe extraer sus más refinadas calidades. Pradilla, una vez más, tuvo una preocupación especial en la búsqueda y reproducción de objetos, vestuarios y demás detalles de ambientación y desde el historicismo casi cinematográfico. Los campos de luz están cuidados con magistral habilidad y reflejos muy netos y estructurados, consiguiendo, a partir del cromatismo y los efectos lumínicos, el ambiente justo, la tónica ambientación precisa para adentrarnos en el triste encierro de por vida en el que se recluyó a la soberana, velando el cadáver de su esposo, que hasta su muerte permaneció en ese castillo. La escena reproduce con inmediatez, como si el pintor estuviese tomando en vivo esta singular secuencia y en un interior, que arquitectónicamente corresponde con el antiguo palacio de los duques de Frías en Ocaña, y que Pradilla dispondría como escenario ideal en Tordesillas, en una trasposición acertada y repleta de teatralidad como corresponde al género y a la estética del momento.

La reina, que ocupa el espacio de mayor luminosidad de toda la escena, junto a la ventana, está sedente en un sillón de madera y viste de negro, dejando ver el vestido y el manto, de larga cola, que se desarrolla por encima de las alfombras, una camisa y mangas blancas, al igual que las tocas que luce sobre su cabeza. Su mirada, hacia el espectador, sin embargo está ausente, alejada del momento que vive. Pensando en otros días más felices con su esposo Felipe. Junto a ella, de espaldas al espectador, vestida de rojo-que casi confunde con el cojín sobre el que apoya sus pies la soberana- su hija la infanta doña Catalina, que nacería después del fallecimiento de Felipe el Hermoso, apareciendo embarazada doña Juana en la composición que dedicó a esta reina en el año 1878 y con el que alcanzó el aragonés tan grandes éxitos. Por la ventana abierta hacia lo que parece un balcón o galería, y cuya vista rompe una columna, se divisa un campo con tonos verdosos, de primavera- la ribera del río Duero que corre por debajo del convento de Santa Clara de Tordesillas- y un cielo abierto de espesas nubes. Es interesante destacar la vidriera con cristales de forma circular y de colores verde claro.

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Detalle de los objetos que aparecen sobre el alfeizar del ventanal. Foto. José Antonio Tolosa, de Arte-Paisaje blogpost

Sobre el alfeizar de la venta, un libro abierto, un tintero, una ánfora y un jarrón de cerámica con un cactus, además de unas llaves. En el muro, colgado, una pila de cerámica, un rosario, unas tijeras, una cruz de Caravaca, una lámpara de aceite y una jaula con un canario amarillo dentro. Curiosamente, esta jaula, difiere en las distintas versiones del cuadro, en el caso que nos ocupa, aparecen dos pequeños cuerpos laterales. En el muro lateral un tríptico hispano-flamenco. En el muro frontal se abre la puerta de la sala donde se encuentra el féretro de don Felipe el Hermoso, enmarcada por una yesería mudéjar de carácter geométrico y en el fondo una vidriera y se abre el hogar, con un gran arco carpanel enmarcado por un arco conopial, que aparece centrado por un escudo real. Un gran fuego colabora a caldear la habitación, encontrándose sobre un mueble un gato que duerme al calor de la fogata. En el muro, escudos una escultura bajo dosel. En el lado derecho, un vano cerrado por una reja que recuerda a la que copió Pradilla en el Hospital de los Reyes Católicos de Santiago de Compostela, y distintas pinturas murales de carácter medieval. En el centro de la sala, dos mujeres acompañan a la soberana, las dos sedentes. Una de ellas, tiene aspecto de dueña,  más anciana, vestida de negro con tocas blancas, que está hilando lana con un huso, teniendo al lado una devanadera y otra dama que recuerda algo a la que aparece en el lado izquierdo del Doña Juan la Loca. A diferencia de la versión del Prado, en la composición que se encuentra en el Museo de Zaragoza, destacaremos como más notable diferencia que aparece en este caso una mesa de carácter gótico con unos libros y una palmatoria junto a la dama de la derecha. En primer término, los juguetes con los que se entretiene la infanta doña Catalina, más al fondo unos mueblecitos de madera, vasijas de cerámica y un caballero junto a una dama, está última en el suelo. En el suelo, de baldosas de barro, destacan algunas cerámicas vidriada y particularmente las alfombras de tipo turco y decoración geométrica. 5

El Museo de Zaragoza, también guarda un fragmento de esta obra, procedente del Museo Romántico de Madrid, en la que nos muestra a la soberana, sin su hija la infanta doña Catalina, recluida en Tordesillas, junto al cadáver del rey Felipe el Hermoso, que puede advertirse en el fondo de esta composición, dentro de un sencillo féretro. Una vez más la atenta observación de Pradilla recoge una serie de utensilios de la época que dispone sobre el alfeizar de la venta y sobre el muro. Y este rigor historicista se traduce igualmente en las vestimentas de la reina viuda, que mira fijamente al espectador.

Ficha: Francisco Pradilla. Doña Juan la Loca recluida en Tordesillas junto a su hija la infanta Catalina.1907. Óleo/lienzo. 169 x 292 cm. Museo de Zaragoza.  Depósito del Museo Nacional del Prado.      

Citas:

 1-Azpeitia, Ángel. Lorente Lorente, Jesús Pedro. Aragón en la pintura de Historia. Diputación Provincial de Zaragoza. 1992. P. 15-22

2- Rincón, Wifredo. Francisco Pradilla. Aneto publicaciones. Zaragoza, 1999. P.  376

3- Cánovas del Castillo, Soledad. Francisco y Miguel Pradilla. La tradición de la pintura naturalista. Espacio Cultura Mira. Pozuelo de Alarcón, Madrid. 18/10-25/11/2018. P. 18

4- Gállego, Julián. La pintura de Historia en la Academia Española de Bellas Artes de Roma, en Exposición Antológica de la Academia Española de Bellas Artes de Roma (1873-1979). Ministerio de  Educación, Cultura y Deporte. Madrid, 1979. P. 17

5- Rincón, Wifredo….opus cite…. P378-380

 

 

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