Efemérides

Ramón Bayeu y Subías. Pedro Pablo Abarca de Bolea. Conde de Aranda. 1769-1770. Museo de Huesca. NIG 03569. Foto. Fernando Alvira Lizano.

Tricentenario  del nacimiento del Conde de Aranda

José Antonio Val Lisa y Daniel Pérez Artigas

Ilustrado, político, militar,  primer ministro de la Corona española,  Grande de España. Sirvió con fidelidad desde su más temprana juventud en Italia hasta que, a  los setenta y cuatro años de edad se le exoneró de sus cargos públicos  a cinco reyes de la casa de Borbón española: Desde Felipe V a Carlos IV. Fue un personaje cuestionado por muchos, entre otras cosas, por ser ilustrado, aunque de acuerdo con su privilegiada situación aristócrata dieciochesco, también pragmático. Para comprenderlo hay que volver nuestra mirada al tiempo, y al  escenario personal de uno de los aragoneses más injustamente ignorados, cuando no falseado por tópicos que  nos han ofrecido una imagen distorsionada por su particular leyenda negra, a pesar de haber sido la figura más ilustre y universal de nuestro siglo XVIII. El retrato que de él hace Gastón de Levis, afirma: “Tenía más cabeza que habilidad; pero su inquebrantable firmeza suplía todo. En las relaciones públicas y privadas era siempre el mismo. Tenía dignidad sin arrogancia, gravedad sin lentitud, Era impenetrable sin ser misterioso, en fin, era una de esas almas de hierro que solamente produce su país”.

Don Pedro Pablo Abarca de Bolea Ximénez de Urrea, X conde de Aranda, dos veces grande de España de primera clase, nació en el castillo de Siéstamo (Huesca), el 1 de agosto de 1719. Este castillo-fortaleza se conservó hasta después de la guerra civil. A partir de los años cuarenta fue sistemáticamente desmantelado. Aranda falleció a los setenta y cuatro años, en su palacio de Épila (Zaragoza), todavía en pie, siendo enterrado por especial deseo suyo en el Real Monasterio de San Juan de la Peña. El 3 de junio del año 1715 se desposaron  en la iglesia de Sangarrén (Huesca) los padres de nuestro protagonista: D. Pedro Ventura de Alcántara, Abarca y Bolea, Bermúdez de Castro, marqués de Torres, duque de Almazán y conde de las Almunias, y la ilustrísima señora doña María Josefa López Mendoza, Pons y Bournonville, natural de Barcelona, e hija de los conde de Robres y marqueses de Vilanant. Pedro Pablo fue el segundo de cinco hermanos. De los hermanos dos murieron párvulos, Pedro Ignacio y Francisca Javiera. El quinto se hizo jesuita. Y los otros dos Pedro Pablo y María Engracia, entroncaron por matrimonio con la casa de Híjar. Al morir el primogénito, Pedro Ignacio, el heredero de la casa fue Pedro Pablo. Con la sucesión en el condado de Aranda vino a hacerlo también en dos de los más ilustres y antiguos linajes de Aragón: el de los Urrea y el de los Abarca. Además de contar con este importantísimo conjunto de títulos y bienes don Pedro Pablo tuvo la fortuna de disponer de liquidez. Eso le permitió, por un lado,  llevar a cabo sus proyectos personales, y por el otro, mantener el alto nivel que les exigían sus puestos políticos y diplomáticos con una brillantez fuera de que lo entonces era lo habitual.  Los condes de Aranda tuvieron tres hijos, Ignacia, María del Pilar, Ventura María del Pilar y Luis Augusto. Al fallecer los dos últimos prematuramente la descendencia de Aranda le vino por su hija Ignacia, que le dio un nieto varón, Luis Gonzaga, en el que el conde puso toda su ilusión que se vio truncada  al fallecer en Madrid a la edad de tres años. Aranda vivió obsesionado por su sucesión y cuando falleció su mujer, en el año 1784, apenas tardó cuatro meses en contraer matrimonio con su sobrina nieta, María Pilar. Aranda tenía sesenta y cinco años y su mujer diecisiete. Desgraciadamente el deseo de varón no llegó. Aranda era el último de su Casa. El agotamiento biológico, que no era sino la consecuencia directa de una secular endogamia, mal común que afectaba a casi todas las casas de la Grandeza; Por esta circunstancia, a la muerte del conde,  vino a heredarle su suegro y sobrino don Pedro de Alcántara de Silva, X duque de Híjar, hijo de su hermana María Engracia, la única que tuvo descendencia.

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 E. Zarza. Origen del motín contra Esquilache. Litografía. Madrid. Biblioteca Nacional

La biografía de un hombre estará siempre incompleta si se descuida su mundo profesional. Resulta difícil separar las múltiples facetas del conde, pues en muchos de los casos están intrincados entre sí. A lo largo de cinco aspectos de la vida y obra del X conde de Aranda, que servirán para acercar al lector a  este aragonés universal, que en tiempos de paz y en momentos difíciles, hizo siempre lo que creyó más justo y mejor para los intereses de la monarquía y de los españoles.

Militar:   En el año 1742, a la muerte de su padre, heredaba el título  de conde de Aranda y recibía del rey la mayoría de edad y el empleo de coronel del Regimiento de Infantería de Castilla. Quince años más tarde era ya teniente general; a partir de 1764 ostentaría el empleo de capitán general, primero en Valencia y después en Castilla Nueva. Durante toda la vida del conde de Aranda la milicia directa, es decir, en el campo de batalla, fue su objetivo más querido. Sin embargo tan sólo en dos ocasiones pudo llevarlo a la práctica. Durante su juventud en Italia, cuando Felipe V intentaba consolidar tronos para sus hijos, y en año 1762 en la guerra contra Portugal. Como combatiente, su comportamiento en la campaña de Italia permite calificarle de valeroso. Como organizador, desplegó una gran actividad en su cargo de director general de Artillería e Ingenieros, preocupándose en mejorar  el estado de ambos cuerpos. Como táctico, sus conocimientos teóricos y prácticos fueron los de su generación militar. Como general en jefe, la campaña militar de Portugal del año 1762, no le proporcionó ciertamente la ocasión de gran éxito. Por último, como reformador, sus críticas y propuestas sobre el ejército de su tiempo destacan enormemente por su precisión y, sobre todo por su contundencia.

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 Busto del X Conde de Aranda. h 1790. Porcelanda. Madrid.  Museo Arqueológico Nacional.

Embajador:   Tras su regreso de la campaña de Italia, Aranda emprendió un largo viaje por Europa, viaje considerado por algunos como de iniciación diplomática. A su regreso, recibió el título de teniente general, ante Fernando VI y fue nombrado embajador ante su Fidelísima Majestad, el rey de Portugal, José I. Su labor apenas duró unos meses siendo premiado con el Toisón de Oro. Con la llegada de Carlos III a España, Aranda fue de nuevo llamado a la vida pública y nombrado embajador en Varsovia ante la Corte de Augusto III, rey de Polonia. Esta vez la embajada duró un par de años. La tercera embajada, la de París, duró catorce largos años, entre 1773 y 1787. El empleo de embajador fue menos importante que el de político. Y de las tres embajadas que desempeñó tan sólo la de París, por sus especiales características de duración y por la importancia política de Francia en los años que precedieron a la Revolución de 1789, es digna de destacarse. Aranda tendrá que resolver conflictos diplomático-cortesanos. Se entrevistará con Franklin y Lee, emisarios de los independentistas norteamericanos, participará en la firma del Tratado de Paz con Inglaterra en 1783. El motín contra Esquilache y la huida de Carlos III a Aranjuez provocó el llamamiento urgente de Aranda a Madrid, siendo nombrado presidente del Consejo de Castilla y capitán general de Castilla. Aranda, con poderes incluso sobre la guardia real, se tuvo que enfrentar a un doble e inmediato objetivo. Poner  orden en la capital del reino y así tranquilizar al rey para su retorno a Madrid. La expulsión de los jesuitas, las mejoras políticas y urbanas en Madrid, la colonización de Sierra Morena, son sólo algunos aspectos que tuvo que afrontar el conde siendo presidente de la Audiencia de Valencia y del Consejo de Castilla en Madrid.

Aragonesista: Se mantuvo muy cerca de Aragón y sus problemas en las diferentes facetas de su vida. Pues a pesar de los graves problemas políticos militares en que se vio envuelto jamás le distanciaron de su tierra. Hay que destacar el influjo que el conde llegó a tener en la Corte a través del llamado “partido aragonés”, que no era otra cosa que Aranda y unos cuantos partidarios afines a su persona y forma de pensar sobre cuestiones políticas, administrativas, económicas y culturales. De una forma sintética se puede decir que el “partido aragonés” se distinguía por un fondo de idiosincrasia regional, y por un residuo histórico político en forma de oposición a la dinastía reinante y de reivindicación de sus fueros decapitados por los Borbones. Las miras patrióticas del “partido aragonés”, su mentalidad, rebasaban lo puramente regional, y se extendían a toda España, a su forma de gobierno (que pretendían fuera “monárquico estamental”, y no “monárquico absolutista”), y a la administración político-económico-social-cultural de todo el país. En este grupo aragonés entraron a formar parte, además de Aranda, los condes de Fuentes, Ricla, Sástago y Sobradiel; los marqueses de Ayerbe, Lazán, Coscuyuela y Ariza; los duques de Híjar, y Villahermosa; el canónigo don Ramón Pignatelli, hermano del conde de Fuentes, y artífice del Canal Imperial de Aragón; el “manteísta” Roda, y una serie de clérigos, camaristas, consejeros, covachuelistas, empleados de administración y miembros de embajada, a todos los cuales se unían, por razones de índole profesional la clase militar adictos a Aranda. 1 También debemos recordar que el conde fue fundador con Sástago y Pignatelli de la Real Sociedad Económica Aragonesa de Amigos del País, e impulsor más tarde de la Real de Nobles y Bellas Artes de San Luis, especialmente interesado por el Canal Imperial de Aragón que visitó e incluso navegó cuantas veces pasó por Zaragoza, de hecho, en el año 1768 se constituyó formalmente la “Compañía del Canal de Aragón”, en la que, con el tiempo, sería su mentor e impulsor don Ramón Pignatelli. La navegación del Ebro, fue otro de los temas que interesó al conde, para fomentar el auge y desarrollo de “tantos daños y abandonos que de siglos tienen aniquilado al Reino de Aragón”. Respecto a la posibilidad de llevar a cabo dicho proyecto, el conde aportó pruebas a pesar de las presas o cozudas de este río, apuntando el modo de dejarlas intactas. Más aún, recordó también el decreto del año 1704 con el que la Reina Saboyana, como Gobernadora durante la ausencia napolitana de Felipe V, agregó al Reino de Aragón la ciudad de Tortosa y los Alfaques con el fin de que todo el curso del Ebro, llegando a ser navegable pudiese estar bajo las mismas manos y gobierno. 2

Industrial: La Real Manufactura de Loza y Porcelana de Alcora, que durante más de un siglo mantuvo la calidad artística de su producción, fue concebida para satisfacer las necesidades cotidianas y suntuarias de las clases altas. La vida en la Corte y de la alta sociedad del siglo XVIII iba llenándose de pequeños placeres mientras que la austeridad, la seriedad y la religiosidad del siglo precedente se sustituyeron por la sofisticación, frivolidad y el hedonismo. El estilo rococó, sinónimo de ostentación, exuberancia y fantasía, se encarnó exclusivamente en la decoración de interiores, propiciando que la cerámica y las demás artes decorativas llegaran a su cenit. El conde quiso patrocinar una manufactura de objetos suntuarios pero al mismo tiempo, actuando como proteccionista del mercado nacional, sus productos contribuyeron a frenar  las importaciones de vajillas de lujo que hasta aquel momento las clases altas adquirían fuera del país. Para poder mantener el éxito comercial de los primeros años no sólo era preciso contar con un equipo de alto nivel y por tanto caro, compuesto por vasallos aragoneses, personal local y artistas contratados en Francia y Sajonia, sino también tener acceso a los privilegios que el monarca concedía para potenciar la modernización de la industria nacional. Su espíritu liberal y humanitario se refleja en los nuevos estatutos y ordenanzas, del año 1727, que liberan a sus empleados de las agobiantes prácticas religiosas impuestas por su padre al mismo tiempo que dispone de premios a las mejores técnicas, subsidios por enfermedad y jubilaciones pagadas. El material era de una calidad tal que hoy en día se le considera la mejor loza europea del siglo XVIII. En cuanto a los asuntos tratados en las lozas, lo  más popular y castizos coexiste con las refinadas vajillas estilo imperio de las últimas décadas del siglo, que reflejan un brusco cambio de estilo.

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Tumba de Pedro Pablo Abarca de Bolea, X conde de Aranda. Panteón de nobles del monasterio de San Juan de la Peña.

Destierro y caída en desgracia del conde de Aranda:   El 14 de marzo del año 1794 se reunió en Aranjuez, una vez más, el Consejo de Estado para establecer el procedimiento que se había de seguir en la guerra que España mantenía con la Francia revolucionaria que acababa de decapitar a Luis XVI. Durante la sesión se produjo una discusión muy viva entre Godoy y Aranda. Godoy, llevó a la práctica una guerra que culminó en el fracaso más estrepitoso, y en la pérdida, entre otras, de la isla de Santo Domingo, cuando Aranda, a cambio del pacifismo de España exigía, como contrapartida, la parte francesa de la isla.  El resultado fue que el conde cayó en el desagrado del rey Carlos IV sin que se den otras razones que la del proceder impetuoso, y puede que irreverente, del conde, quien a las pocas horas de haber tenido lugar la discusión fue detenido en el mismo Aranjuez, secuestrados sus papeles y conducido a Jaén, desde donde, al cabo de cinco meses, se le trasladó al real sitio de La Alhambra. Allí pasó algún tiempo y luego se trasladó a Sanlúcar de Barrameda. En el año 1795, por la gracia del rey, le fue permitido pasar a sus tierras aragonesas de Épila. En sus dominios, alejado totalmente de la política, se dedicó a la administración de su patrimonio, a la marcha de la fábrica de Alcora y de la factoría de Almonacid de la Sierra. Con estas y otras ocupaciones, el anciano conde cumplió con sus obligaciones como ciudadano y cristiano.  Murió el 9 de enero del año 1798. En su testamento, firmado por el propio conde, horas antes de morir, mandaba que “cuando su Divina Majestad disponga de mi alma, se sepulte mi cuerpo en el Monasterio de San Juan de la Peña, sepulcro de mis mayores sin pompa alguna, y sin perjuicio de los derechos parroquiales que corresponda”.

En el año 1869, con motivo del proyecto del panteón nacional de hombres célebres, fueron inhumados los restos del conde y trasladados a la iglesia de San Francisco el Grande de Madrid, pero el 2 de julio de 1883, fueron depositados nuevamente en el Monasterio de San Juan de la Peña, a iniciativa de la Diputación Provincial de Huesca. En noviembre de 1985, hubo una nueva inhumación de los restos del conde, una vez reconocidos y estudiados, fueron depositados en una caja de plomo y depositados en uno de los enterramientos de la pared del patio central del monasterio, junto a una nueva lápida, colocada el 1 de junio del año 1986. En los primeros días del año 1998, coincidiendo con el bicentenario de la muerte del conde de Aranda, una Comisión Oficial, organizada por las principales instituciones aragonesas, enmarcó un amplio programa de actos, entre los que se produjeron homenajes oficiales, conferencias, presentaciones de libros, y una magna exposición, que tuvo lugar en las salas del Palacio de Sástago, de la Diputación Provincial de Zaragoza, organizada por el Gobierno de Aragón, y con el mecenazgo de Ibercaja. Una exposición, comisariada por José Antonio Ferrer Benimeli, que  nos acercó a su figura y sus obras, y también a su tiempo, a través de seis ámbitos expositivos.

 Citas:

1-Ferrer Benimeli, José Antonio. El X conde de Aranda y Aragón.  En María José Casaus Ballester (coord.). El Condado de Aranda y la nobleza española en el Antiguo Régimen. Institución Fernando el Católico de la Excma. Diputación Provincial de Zaragoza. Nº 2 de la Colección Cuadernos del Ducado de Híjar. Zaragoza, 2009. P. 317-318.

2- Ferrer Benimeli, José Antonio. Opus cite…P 319

Para saber más:

VV.AA. El conde de Aranda, catálogo de la exposición. Palacio de Sástago, Excma. Diputación Provincial de Zaragoza. 1 de octubre- 13 de diciembre de 1998

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