Francisco Pradilla. Día de mercado en Noya. 1895. Óleo/tabla. Colección Francisco Palá Laguna. Foto. Pablo Lines.
José Antonio Val Lisa & Daniel Pérez Artigas
El Paraninfo de la Universidad de Zaragoza ofrece la oportunidad de visitar la exposición Roma y París, horizonte de los artistas aragoneses (1870-1920), organizada a partir de la Colección Francisco Palá Laguna. La muestra, comisariada por la catedrática de historia del arte Concha Lomba Serrano y organizada por la Universidad de Zaragoza y el Gobierno de Aragón reúne una selección excepcional de obras que permiten recorrer la trayectoria de los principales artistas aragoneses del cambio de siglo. Francisco Palá Laguna, zaragozano afincado desde hace años en Madrid, donde desarrolla su actividad profesional vinculada al ejercicio del Derecho. Amante del arte, con el transcurso del tiempo ha ido atesorando un importante conjunto de obras, cuyo hilo conductor es su interés por Aragón y, en particular, por Zaragoza. A través de más de 130 piezas, la exposición, incluye a los mejores maestros aragoneses del cambio de siglo, que abandonaron Zaragoza y, tras pasar obligatoriamente por Madrid, se instalaron en Roma, ciudad de peregrinaje obligado para cualquier artista del siglo XIX, o en París, convertida en un nuevo horizonte artístico para los creadores en el último cuarto de la centuria.

Zaragoza
La plástica aragonesa tuvo que esperar al cambio de siglo para disfrutar de otra brillante época protagonizada por un conjunto de pintores que, a través de los diferentes lenguajes empleados, alcanzaron un éxito verdaderamente notable en el ecosistema artístico internacional. La escasa labor de patrocinio ejercida por parte de la nobleza aragonesa, unida a la falta de espacios adecuados para la exhibición artística, -el Museo de Zaragoza no se convertirá en una realidad hasta 1911 y las becas anuales para literatos y artistas plásticos creadas por la Fundación Villahermosa-Guaquí no se crearán hasta 1903-, condicionó profundamente la formación de estos artistas. Se iniciaban generalmente en las escuelas provinciales de Bellas Artes, estudios que solían completarse con la asistencia de algún otro pintor afamado y con cierto prestigio establecido en la ciudad (eso, siempre y cuando los nuevos artistas pudieran permitírselo), compaginando la enseñanza de las mismas con las clases en la Escuela. Los más afortunados completaban su formación fuera de la ciudad, siendo la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado de Madrid dependiente de la Academia de Bellas Artes de San Fernando el principal punto de destino. Después, era casi obligado continuar la formación en el extranjero, en la Academia de Bellas Artes y en las Escuelas de Roma o París. A partir de aquellas fechas comenzó un lento proceso de modernización gracias a iniciativas estatales, regionales y municipales. En especial destacan las pensiones que tuvieron como destino la Real Academia de Bellas Artes de Roma, creada por el Gobierno de España e inaugurada en 1873, ya que su funcionamiento garantizaba un completo aprendizaje. (Fig. 1)
La exposición se inicia con algunas visiones historicistas de Zaragoza, entre las que destacan La Torre Nueva (1869-1870), de Nicolás Ruíz de Valdivia; Vista de Zaragoza desde el camposanto de Torrero (1877), de Antonio Montero Arbiza; la Maqueta de la Torre Nueva (1895), de Dionisio Lasuén; Torreón de la Zuda (1909), de Justino Gil Bergasa. Posteriormente, el recorrido da paso a representaciones más próximas al postimpresionismo como El Pilar y el puente de Piedra (Ca. 1895), de Joaquín Pallarés o Atardecer en Zaragoza. El puente de Hierro y el Pilar (Ca. 1900-1912), de Juan José Gárate.

La Escuela de Roma
Pradilla había logrado su gran aspiración: ampliar su formación como pensionado en la prestigiosa Real Academia de España en Roma tomando posesión en 1874 por la pintura de historia, el destino que ansiaba la mayoría de los artistas españoles; aunque por esas fechas la capital italiana de había perdido su hegemonía como capital del arte frente a París. Aún con todo, Roma seguía siendo el destino soñado no solo porque las pensiones logradas les permitían ampliar su aprendizaje y perfeccionar su oficio, sino que además tenían la oportunidad de conocer las tendencias más novedosas que en aquellos momentos de desarrollaban en el resto de Europa, pues en los reglamentos que debían cumplirse los pensionados debían viajar a distintas ciudades italianas y europeas enriqueciendo así la experiencia formativa. (Fig. 2)
Durante el último cuarto del siglo XIX, acudieron a la Academia numerosos artistas aragoneses. Además de Pradilla, que llegó a dirigir la institución, destacaron Hermenegildo Estevan, que ejerció de secretario de la misma entre 1887 y 1933, Joaquín Pallarés, Agustín Salinas, Mariano Barbasán, y más tarde José Bueno, Juan José Gárate y luego Luis Berdejo Elipe. A todos ellos se le sumaron otros aragoneses como Pablo Gonzálvo y Mariano Oliver, quienes acudieron a Italia por cuenta propia, ya que no lograron la ansiada pensión. (Fig. 3)
La exposición presta atención a las visiones italianas desarrolladas por Pradilla y Barbasán durante sus prolongadas estancias en aquel país. En el caso de Barbasán, permaneció durante tres décadas en Anticoli Corrado, donde representó de manera reiterada los rincones urbanos, los paisajes montañosos, figuras populares y los animales. Entre las obras expuestas destaca la pequeña tabla Venecia (1889), en la que el artista se aleja de los itinerarios turísticos tradicionales para representar un entorno más íntimo y cotidiano. De Francisco Pradilla sobresalen obras como El rapto (1877); Atardecer en la plaza de San Marcos (Ca. 1893); Carnaval en Roma (1898); Famosa peregrinación de la Madonna del Buen Consiglio (1911). También resultan especialmente interesantes algunas escenas gallegas, como Día de mercado en Noya (1895) o la acuarela titulada El día del apóstol (1889). Para muchos de los artistas que se formaron en Italia, aquella etapa constituyó uno de los periodos más felices de su vida. Así lo demuestran obras realizadas décadas después de haber abandonado el país, como en los paisajes de las Paludes Pontinas pintados por Pradilla en la década de 1920, Crepúsculo de Verano (1919) o en la escena costumbrista de ambiente rural Feria en Pescosolido (Ca. 1910-1920), de Juan José Gárate.

París durante la bohemia
París era una ciudad que acogía con alegría y jovialidad a los artistas de toda procedencia. En sus calles convivían tanto los representantes de la tradición académica como los nuevos integrantes de aquella bohemia que, expulsada de los Salones donde triunfaba la ortodoxia canónica, se iba arremolinando en el barrio de Montmartre representado por los impresionistas y los postimpresionistas y luego por los modernistas y simbolistas.
Por la capital francesa pasaron prácticamente todos los artistas aragoneses presente en la muestra: Joaquín Pallarés, Germán Valdecara, María Luisa de la Riva, Mariano Alonso Pérez y Máximo Jubierías. Cada uno eligió maestros diferentes, que eligió en función de sus intereses estéticos y transitaron caminos distintos tanto en su trayectoria como en su poética. Entre ellos sobresale especialmente María Luisa de la Riva (1839-1926), la única mujer del grupo y una de las artistas españolas con mayor proyección internacional durante la segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del XX. Su trayectoria combinó el reconocimiento de la crítica especializada y el compromiso con la reivindicación profesional. Con 22 años participó por primera vez en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1881, exhibiendo la pintura titulada Flores, género en el que se especializó y que obtuvo la opinión favorable de la crítica. En el periodo que oscila entre 1881 y 1888 participó en numerosas exposiciones, tanto de carácter regional, como nacional e internacional, siendo la única mujer seleccionada para la Exposición Sud-Americana de Berlín de 1886. (Fig. 4)
En la muestra destaca Uvas y granadas (1895-1900), una magnífica pieza cuyo formato horizontal la diferencia frente al resto de su producción. La obra se complementa con Nenúfares, una acuarela datada en fechas similares, que también atesora la colección Palá. De Joaquín Pallarés sobresalen diversas composiciones paisajísticas y costumbristas caracterizadas por una notable modernidad, entre ellas: Paisaje de París (Ca. 1899); Escena parisina (Plaza de las Pirámides con la estatua de Juana de Arco) (1901); Nocturno en París (1900-1905) o Boulevard de París, nocturno (Ca. 1913). Por su parte, de Máximo Juberías, destaca la escena costumbrista parisina Merienda campestre (1901).

Costumbrismo
El cambio de siglo no supuso una drástica ruptura con las corrientes heterogéneas, pero sí marcó el declive de la pintura de historia y el inicio de una progresiva modernización que transformó el costumbrismo y el paisajismo decimonónicos y afianzó un peculiar modernismo. Estas innovaciones estuvieron lideradas por una nueva generación de artistas integrada, entre otros, por José Bueno, Ángel Díaz Domínguez, Juan José Gárate o Francisco Marín Bagües, los mismos que habían acudido a Roma y que emplearon un lenguaje algo más avanzado que sus restantes compañeros de viaje dentro de su temática amable. (Fig. 5)
Ni Barbasán, ni Salinas, ni Alonso Pérez, ni Juberías, ni María Luisa de la Riva dedicaron una parte significativa de su producción a temas aragoneses. En cambio, Pallarés, Gárate, Oliver Aznar, García Condoy y Hermenegildo Esteva en la etapa final de su vida, coincidieron pintando temas aragoneses, aunque cada uno lo hizo a su propio estilo y personalidad. De esta manera, más que una Escuela Aragonesa cabría hablar de una corriente regionalista que encontró en Aragón, sus costumbres y sus gentes, una fuente constante de inspiración siendo Gárate su mayor exponente. (Fig. 6)

La manera en que Gárate representaba el costumbrismo regional debió de otorgarle mayor crédito entre los posibles clientes de la nueva burguesía de talante liberal, razonablemente cultivada. La colección Palá conserva tres escenas costumbristas que ilustran perfectamente las tres etapas de esta faceta de su producción. En Lavando el cáñamo (1899), presentada a la Exposición General de Bellas Artes de ese mismo año, Gárate recrea una escena ambientada en el río Martín, a su paso por Albalate del Arzobispo, su localidad natal. La sobriedad de los personajes y el tratamiento del agua reflejan claramente las fórmulas propias de la pintura de asunto social del momento. La aguada Baile de la jota (Ca. 1902) forma parte de la denominada «Colección Gárate», una selección de diez postales artísticas publicadas por la fototipia Laurent. Esta obra ilustra el proceso mediante el cual la producción costumbrista del artista comenzó a difundirse comercialmente a través de tarjetas postales, portadas para revistas y periódicos de tirada local, nacional o internacional. Finalmente, Una partida de barra, presentada junto a otra obra de temática similar a la Exposición Nacional de 1930, muestra un costumbrismo de carácter teatralizado en una época en la que este lenguaje artístico había perdido ya gran parte de su vigencia. La trayectoria de Julio García Condoy constituye un ejemplo significativo de esta evolución. Vinculado inicialmente al costumbrismo y posteriormente al regionalismo que le caracterizó, en ocasiones incorporó elementos simbolistas que anuncian nuevos caminos tanto formales como conceptuales. Un excelente ejemplo de esta sensibilidad es Ya llega el vencedor (1919), obra recientemente incorporada a la colección de Francisco Palá.

Roma y París, horizonte de los artistas aragoneses (1870-1920). Paraninfo de la Universidad de Zaragoza. Hasta el 18 de julio del 2026.