Eduardo Chillida. Escultor de lo visible y de lo invisible

Relieve. 1997. Granito. Cortesía de Sucesión. Eduardo Chillida y Hauser & Wirth. Foto. José Antonio Val.

José Antonio Val Lisa & Daniel Pérez Artigas

Eduardo Chilliada fue uno de esos creadores irrepetibles. Su vida se extinguió hace más de dos décadas, pero su obra sigue latiendo con fuerza en nuestro presente. Su vida creativa no se entiende como una sucesión de etapas cerradas, sino como una investigación constante, un camino de búsqueda inagotable en el que cada paso conduce al siguiente de forma natural.

 La exposición que ahora acoge La Lonja de Zaragoza, organizada por la Fundación Ibercaja, en colaboración con el Ayuntamiento de Zaragoza y la Fundación Eduardo Chillida-Pilar Belzunce y Chillida Leku, reúne un total de 120 obras de Eduardo Chilida que engloban desde esculturas de pequeño y gran formato realizadas en diferentes materiales, hasta obra gráfica, dibujos y retratos. El recorrido por las diferentes esculturas se compone de piezas de pequeño formato que permiten una relación más directa y sutil con el apoyo del espectador. Están realizadas en materiales como el yeso, el alabastro, la madera, el hierro forjado, el hormigón armado o la tierra chamota, descubierta en 1973, durante uno de sus muchos veranos trabajando en las instalaciones de la Fundación Maeght, en Saint-Paul-de-Vence, como el caso de sus famosas Lurrak, bloques compactos y macizos de arcilla que Chillida apenas manipulaba y con unas tonalidades diferentes según el tiempo que permanecían en el horno de leña.

Elogio de Horizonte I. 1985. Hierro. Cortesía de Sucesión. Eduardo Chillida y Hauser & Wirth. Foto. José Antonio Val.

Escultura

La figura de Chillida se erige como uno de los hitos referenciales en cualquier aproximación a la escultura contemporánea española. Perteneció a una nueva generación de creadores que dominó la segunda mitad del siglo XX y que supuso la culminación de las innovaciones estéticas y conceptuales que el arte escultórico español había recorrido de la mano de artistas como Picasso, González o Gargallo. Con este bagaje en el imaginario escultórico español, Chillida tuvo mucho que decir y aportar en ese resurgir del hierro, y lo hará desde el taller que instala en su finca de Hernani (Guipúzcoa). En octubre de 1951 se instala junto a su compañera vital y esposa, Pilar Belzunce. La escultura del guipuzcoano no representa lo orgánico ni lo geométrico, sino que encarna el lugar donde ambos mundos se encuentran. En la exposición, las esculturas de gran formato (hasta casi 21 metros de altura) dialogan con el espacio y con el entorno. En estas piezas, Chillida buscaba explorar la luz y el espacio, usando a las tensiones y oquedades que generan los diferentes materiales con los que están realizadas. En este caso, estos adquieren una gran importancia, ya que son capaces de hablar por sí mismos y generar esa sensación de “espectacularidad”. Ejemplo de ello son Iru burni III o Consejo al espacio VI, realizadas en acero corten y Harri V o Relieve, en granito. Junto con ellas, cabe destacar la singularidad de la serie Lo profundo es el aire, inspirada en un poema de Jorge Guillén, con quién le unía una gran amistad.

La escultura pública en Chillida es el ámbito más ambicioso y filosóficamente logrado de su obra. Quiso hacer esculturas que se pareciese más a lugares que a objetos. Esta idea condensa con claridad la dimensión profunda y ética de su obra pública.  En sus esculturas para espacios públicos, convierte plazas, paseos marítimos y horizontes abiertos en escenarios donde el espectador no solo mira, sino que habita la obra. Probablemente el artista llegó a la cima de este concepto en 1977 con la instalación de Peine del viento XV al final de la playa de Ondarreta, en San Sebastián. Años más tarde volvería a logarlo con Elogio del horizonte IV (Gijón, 1898), donde construye un espacio para mirar y para ser mirado. Estas obras son tratadas como manifestaciones del pensamiento de Chillida: lugares donde se realiza su idea de fusión entre la escultura, la arquitectura, la filosofía y la naturaleza.   

Forma. 1948. Yeso. Cortesía de Sucesión. Eduardo Chillida y Hauser & Wirth. Foto. José Antonio Val.

El alabastro

En los años sesenta el alabastro hace acto de presencia en el corpus de Chillida y lo hace para quedarse. En 1963 el artista había viajado a Grecia con su esposa Pilar y varios amigos, un retorno a la herencia clásica que le impacta como lo hicieron sus visitas al Louvre quince años atrás. Va a utilizar el alabastro, que el atrapó por su capacidad para dejar pasar la luz a través de él. Estas obras, profundamente espirituales entre las que destacan el Homenaje a Goethe, exploran el interior de la pieza y como esta se comunica con el exterior en un diálogo silencioso y místico. La capacidad que tiene el alabastro de ser translúcido lo convierte en el vehículo idóneo para lo que quiere expresar un artista tan habituado a la forja, que recurre aquí a la técnica ancestral del vaciado, horadando los bloques ortogonales hasta crear prismas y corredores por donde accede a la luz y se generan sombras.

Sin título. 1948. Papel, carboncillo. Cortesía de Sucesión. Eduardo Chillida y Hauser & Wirth. Foto. José Antonio Val.

El dibujo

El dibujo le ayuda a pensar, a proyectar, pero también es un encuentro placentero con lo natural y su representación. Asimismo, el dibujo, que es privado y con frecuencia familiar, le vincula con el sentimiento y le lleva a los aspectos conceptuales y formales en la fase de la ideación y producción de la pieza final.  La exposición reúne también parte de sus geométricos dibujos o grabados realizados en tinta, carbón o sanguina y que se encuentran muy en la línea de las propias esculturas. Sumados a estas piezas, la exposición reúne collages (con papeles rasgados y cortados) y la serie a tinta Gravitaciones blancas, realizada a partir de 1985. Estas obras en papel nos hablan de lo cerca que estaban en su proceso creativo unos resultados de otros, en donde los ensayos de pequeño formato se traducen de manera natural en piezas de mayor envergadura y en donde las dos dimensiones tienden al volumen escultórico. Se trata de producciones muy interesantes y vinculadas a las esculturas, al general una tercera dimensión a través de los recortes que las componen.

En el caso de las representaciones de manos, estas gozan de una dimensión casi escultórica y son un claro ejemplo de la exploración del volumen y del espacio que rodean al cuerpo humano. Son manos abiertas, recogidas, entrelazadas, que transmiten una forma de pensamiento, de silencio y de introspección. Pese a que la obra de Chilida es fundamentalmente una abstracción que mezcla su carácter geométrico con un tratamiento orgánico de formas, encontramos un continuo referente poético ligado al mundo sensible. En este punto, es su obra impresa la que parece aplicar esta relación en un formato material de mayor difusión y de más fácil asimilación en el campo comercial

Sin título. 1895. Papel, tinta y cola. Cortesía de Sucesión. Eduardo Chillida y Hauser & Wirth. Foto. José Antonio Val.

Chillida no diseñó edificios, pero si moldeó el espacio: lo pensó, lo habitó con su escultura. Probablemente, ni siquiera quería ser artista, sino ponerse al servicio del arte. Al analizar su trayectoria no daremos cuenta de que no existe una etapa de formación en el artista guipuzcoano. Existe una de búsqueda. En sus primeras obras figurativas, como Torso (1948), los títulos son más directos, casi descriptivos. Nominan lo representado, como si sirvieran de puente entre la forma y la realidad visible. En sus últimos años, los títulos se vuelven aún más esenciales. Algunos son simplemente Elogio, seguidos de un sustantivo, lo que indica una voluntad de celebrar lo invisible, lo que sostiene la vida, lo que no se posee.  Chillida no se impone a la materia, la escucha, la permite expresar en un diálogo místico entre el artista y la naturaleza que nos adentra en la filosofía de Spinoza, donde la materia no oculta a lo divino, lo contiene. El artista no quiso conquistar el mundo, sino hacerlo más habitable, ha dejado una constelación de lugares que no imponen, que no adoctrinan, pero que invitan. Invitan a detenerse, a pensar, a sentir, a convivir.

Eduardo Chillida. Soñar el espacio. Palacio de La Lonja. Hasta el 1 de febrero del 2026.

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