La escuela aragonesa de escultura románica

José Antonio Val Lisa & Daniel Pérez Artigas

La arquitectura cristiana medieval como la escultura decorativa a ella asociada surgen de un tronco común, vinculado con la talla de piedra y la geometría práctica, que obliga a deducir que los escultores románicos y góticos hayan sido muchas veces también constructores y viceversa. La conexión íntima entre escultura y arquitectura es evidente sobre todo en el periodo románico cuando la escultura monumental en piedra aparece casi exclusivamente ceñida a los soportes arquitectónicos: friso, tímpanos, dovelas, columnas, portadas, ménsulas o modillones, que se asocian a la construcción de muros, portadas, arquerías, columnas, pilares, ventanas o cornisas.

El doctor en Historia del Arte por la Universidad de Zaragoza, José Luis García Lloret, publica un nuevo libro en la Institución Fernando el Católico, titulado Una escuela de escultura románica en Aragón. Por las páginas de este libro desfilan una gran cantidad de escultores románicos que parecen haber actuado como directores de grandes talleres, así como sus trabajos dotados de manera sobresaliente para la representación naturalista de las formas. Todos ellos fueron partícipes, en distinto grado, de una renovación en la escultura románica peninsular, que puede calificarse de “renacentista” por sus rasgos humanistas y su recuperación del estilo de la estatuaria clásica. A falta de otros apelativos más adecuados, se ha denominado a estos artistas “segundo maestro de Silos”, “maestro de San Juan de la Peña” y “maestro principal del foco de Zaragoza”. Los principales focos de esta gran comunidad estilística se localizan en las poblaciones de Estella, Silos, Soria, Huesca, Ejea, Almazán, Fuentidueñas, Tudela y Zaragoza, cuyo origen y desarrollo se vincula con la actuación de los principales artistas directores de la escuela, que merecidamente pueden ser llamados maestros, por sus evidentes dotes artísticas, su arte culto, o su estrecha vinculación con el poder regio. Diversos indicios apuntan a que la primera ramificación del foco soriano coincidió con momentos álgidos de la actividad de estos maestros, hacia 1170-1175, y no se orientó hacia Castilla sino hacia Aragón, influyendo decisivamente en la obra del maestro de San Juan de la Peña.

El maestro de San Juan de la Peña

Se ha escrito mucho sobre el “maestro de San Juan de la Peña”, un mismo escultor románico anónimo que decoró una serie de construcciones localizadas en Aragón: los claustros monacales de San Pedro el Viejo de Huesca y San Juan de la Peña, y las iglesias de Santiago en Agüero y San Salvador en Ejea de los Caballeros. Uno de los artistas románicos más destacados de su tiempo, que, desde el principio hasta el final de su actividad, a lo largo de unos 30 años, trabajó para las más altas esferas del poder en el reino de Aragón. La intervención en el claustro de San Pedro el Viejo de Hueca parece haber capacitado al maestro de San Juan de la Peña para abordar trabajos de mayor envergadura que los realizados en los inicios de su carrera profesional. En las tallas de San Felices de Uncastillo y San Gil de Luna como obras características del maestro, se encuentran representados los temas más distintivos de su arte, que se repiten con admirable constancia a lo largo de toda su producción: el guerrero vestido con túnica corta y la bailarina contorsionada acompañada por un arpista.

El claustro de San Juan de la Peña fue uno de los más importantes encargos llevados a cabo por el anónimo maestro escultor que designamos, precisamente por el nombre de este enclave pirenaico; una obra que parece marcar un momento culminante en su actividad que debió llevar a cabo unos 7 u 8 años después de haber trabajado en el claustro de San Pedro el Viejo de Huesca. El programa iconográfico incluía algunas escenas correspondientes al ciclo del Génesis, seguidas por un vasto ciclo cristológico, debiendo haber comprendido también las clásicas representaciones de juglaría y de lucha con dragones que caracterizan el repertorio del maestro. Una de sus últimas realizaciones fueron las portadas sur y oeste de la iglesia de San Nicolás de El Frago,

población perteneciente a las Altas Cinco Villas de la provincia de Zaragoza, que manifiestan la habitual red de conexiones con las restantes obras del maestro de San Juan de la Peña, como la de Santa María la Real de Sangüesa o la iglesia de Santiago de Agüero, que caracterizan todas sus producciones; conexiones que todavía son fácilmente reconocibles, a pesar del avanzado estado de deterioro en que se hallan muchos de sus relieves. La portada sur de San Miguel de Almudévar (Huesca), que construyó el acceso principal del antiguo templo románico, manifiesta las constantes estilísticas más distintivas del maestro de San Juan de la Peña. Esta, fue una de las portadas más grande del taller, de dimensiones muy cercanas a las de la portada norte de San Salvador de Ejea, y la portada oeste de San Salvador de Luesia (Zaragoza).

El maestro principal del foco de Zaragoza

El desarrollo de la arquitectura románica de Zaragoza tiene su punto de partida en la conquista de la ciudad, que tras un prolongado asedio se rindió ante el rey Alfonso I el Batallador, el día 18 de diciembre de 1118. A la cabeza de las construcciones románicas de Zaragoza se encontraba la catedral del San Salvador, edificada a lo largo de sucesivas etapas que cada vez conocemos con mayor precisión. El ábside de la cabecera de la catedral de San Salvador, con su profusa decoración interna, que ha llegado muy fragmentada, es el testimonio de estilo románico más importante conservado en Zaragoza. Vinculado con el arte soriano-silense y más directamente con el foco de Tudela, testimonio de la intervención de un importante maestro de esta escuela escultórica en la capital del Ebro a finales del siglo XIII, que así mismo dirigió la decoración de la cercana iglesia de Santiago el Mayor. La cabecera de la catedral de San Salvador de Zaragoza conserva vestigios de cuatro capillas de su etapa románica, de las cuales dos puede apreciarse todavía en su alzado exterior: el ábside central, correspondiente al altar mayor, dedicado a su Salvador y san Valero, y un absidiolo contiguo, ubicado en su lateral oeste, dedicado a santa María Blanca. La obra de la cabecera de San Salvador aparece mencionada ya en un documento de 1166, y que en esa misma década de los años 60 del siglo XII parece desarrollarse los focos de San Miguel de Estella, Santo Domingo de Silos y el Burgo de Osma. El ábside de la cabecera de San Salvador de Zaragoza constituye un caso único dentro del románico peninsular por la extraordinaria profusión de su decoración escultórica, desarrollada de manera atípica en los arcos, impostas, tímpanos e intercolumnios de la arquería ciega que recorría su perímetro interno.

Uno de los asuntos más controvertidos en el estudio del arte románico es el relativo a la identidad de sus creadores y la indagación sobre sus respectivas trayectorias profesionales. Como novedad en este libro, el autor propone la identificación de estos dos creadores anónimos con dos personajes conocidos a través de la documentación: el maestro Guillermo de Boclón, canónigo secular de la catedral de Huesca, quien podría no ser otra persona que el anónimo maestro de San Juan de la Peña; y el maestro Giraldo, con toda probabilidad un artista formado en Soria, que actuó como director de los focos escultóricos de Tudela y Zaragoza. Los cartularios de las catedrales de Huesca y de Zaragoza proporciona así mismo, respectivamente, información sobre la trayectoria de estos dos interesantes personajes históricos, sin aclarar en ningún momento cual fue su actividad profesional.

José Luis García Lloret. Una escuela de escultura románica en Aragón. Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 2025, 518 pp.

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