Santiago Ramón y Cajal. Fortificación de Santa Elena. Ca. 1878. Óleo/lienzo. Colección particular.
José Antonio Val Lisa & Daniel Pérez Artigas
Santiago Ramón y Cajal, es un claro ejemplo de cómo los acontecimientos sociales, económicos, políticos y culturales influyeron en su creación artística. La infancia y la adolescencia del Premio Novel de Medicina son un proceloso recorrido por la geografía de Huesca y Zaragoza, siguiendo la estela del ejercicio profesional del padre. Nacido Santiago en Petilla de Aragón en 1852, como bien es sabido, apenas vivió allí año y medio pues entonces la familia se dirigió a Larrés, el pueblo de la provincia de Huesca del cual eran originarios los padres, Justo y Antonia. Probablemente la intención era quedase allí de modo definitivo, donde Justo ejercía de cirujano de segunda.

Entre los ocho y los diecisiete años, nos encontramos con los problemas en los estudios, la resistencia a la disciplina impuesta y los enfrentamientos con el padre. El complemento perfecto de esta actitud de rebeldía fueron las múltiples diabluras que protagonizó y que llenan páginas enteras de su libro de memorias. Desde ese momento hasta llegar a Zaragoza en 1869 con diecisiete años, su vida la explicó él mismo, con admirable soltura literaria, como una serie interminable de aventuras y travesuras. De hecho, han conformado la imagen de un niño y un adolescente complicado, difícil y hasta insufrible por momentos, cuando sus “hazañas” superaban el umbral de las travesuras, lo que sucedió con cierta frecuencia. En cuanto a la vocación y a las aficiones le interesan por igual, dice, sus dos almas: el idealismo literario y el naturalismo experimental, el arte y la ciencia. Ayerbe fue el tiempo en que se produjo también el nacimiento de su vocación artística y hasta humanística. Fue por entonces cuando comenzó a dibujar y pintar casi compulsivamente, hasta llegar a creer en serio que ese debía ser su destino. El periodo formativo bajo la guía de su profesor León Abadías fue, sin lugar a dudas, la influencia más directa y significativa que Cajal pudo recibir.
El Vicerrectorado de Cultura y Proyección Social de la Universidad de Zaragoza, organiza en las salas Goya y Saura la exposición Aragón en los ojos de Cajal, comisariada por el catedrático José María Serrano Sanz. La muestra se organiza en torno a cuatro grandes apartados temáticos, que en ocasiones se solapan cronológicamente y que presentan fotografías de paisajes y monumentos aragoneses, así como retratos de grupos y familiares. Acompañando a las fotografías se exhibe un óleo sobre lienzo de extraordinaria belleza, titulado Fortificación de Santa Elena, pintado por el propio Cajal hacia 1878 y nunca antes expuesto, que habría realizado tomando como referencia una de sus fotografías de paisaje. También se ha creado un espacio a modo de cuarto de revelado, o cuarto oscuro, que recrea el que utilizaría el propio Cajal para positivar los negativos de las fotografías y conseguir su versión definitiva.

Mirar con otros ojos
La fotografía, fue una de las grandes pasiones de Cajal. Aunque nunca abandonó esa afición. Fue pionero de la fotografía en color, sobre la que escribió un libro, y hasta publicó como distracción problemas técnicos en revistas especializadas, que los lectores debían resolver. Incluso había realizado en sus años mozos una pequeña historia de la fotografía, que se conserva. Ya durante su infancia Ramón y Cajal debió conocer a alguno de los daguerrotipistas transeúntes que recorrieron el territorio del Alto Aragón, seguramente hacia finales de la década de 1850 o incluso a comienzos de la de 1860. Sin embargo, como él mismo recordó en sus memorias, no fue hasta 1868, en la ciudad de Huesca y siendo todavía adolescente, cuando por medio de un amigo pudo contemplar por primera vez la magia del revelado de la imagen latente. Pero fue ya en Zaragoza, a donde se trasladó dos años más tarde para cursar estudios de Medicina, cuando comenzó a tomar sus primeras fotografías abordando distintos géneros como el retrato, el bodegón, el paisaje, las vistas urbanas y monumentales y la fotografía científica.

Zaragoza, había sido la cuna de las primeras experiencias en España al respecto de la nueva emulsión al gelatino-bromuro, que fueron debidas al propio Cajal, en colaboración con el Dr. Jaime Ferrán Clúa y el fotógrafo local Lucas Escolá Arimany. Durante un tiempo, Cajal con su mujer, Silvera Fañanás y el fotógrafo Escolá, se dedicaron a la fabricación artesanal de placas de gelatino-bromuro para satisfacer la creciente demanda de fotógrafos aficionados y profesionales locales, que comercializaban. Con el tiempo su pasión por la fotografía acabaría confluyendo con otra de sus grandes aficiones, los viajes. Cabría recordar los numerosos viajes y excursiones fotográficas por el interior peninsular, además de su transcendental estancia en el Alto Aragón (balneario de Panticosa, San Juan de la Peña), todavía convaleciente desde su regreso de Cuba, sus diferentes vistas al entorno paisajístico del Monasterio de Piedra, en la provincia de Zaragoza (también a Alhama de Aragón), o sus veraneos en la costa del Cantábrico. Y, por su puesto, su etapa como catedrático de Anatomía en Valencia (1884-1887).
La sala Francisco de Goya está destinada a las fotografías que reflejan paisajes aragoneses estrechamente relacionados con Cajal, todas las cuales son obra personal suya. La mayoría de los cristales o negativos originales están depositados en el Legado Cajal, ahora custodiado en el Museo Nacional de Ciencias de la Naturales de Madrid y algunos pertenecen a colecciones particulares. Hay testimonios fotográficos de Larrés, Ayerbe, Jaca y Huesca, así como de la ribera del Aragón cerca de Tiermas y del castillo de Loarre. El segundo espacio expositivo está dedicado a Excursiones de Santiago Ramón y Cajal por tierras aragonesas, que no están relacionadas, como las anteriores, con lugares de su infancia. Por ejemplo, Panticosa y el Real Monasterio de San Juan de la Peña, a donde acudió a finales de los setenta para recuperarse de la enfermedad pulmonar que era secuela de la estancia en Cuba.

En la sala Antonio Saura se han organizado dos ámbitos expositivos diferenciados, Zaragoza y Retratos. Además, se ha recreado un cuarto oscuro como los de finales del siglo XIX, para ilustrar la complejidad técnica de la fotografía de aquella época. En el primero de los espacios, Zaragoza están las fotografías que hizo Cajal de diferentes lugares de la ciudad, incluyendo una de un plano que se conserva en su Legado. Son trece en total, de las que cinco corresponden a la Basílica del Pilar, cuatro a la catedral de la Seo, dos son escenas callejeras y otra del antiguo convento y después cuartel de San Lázaro aparte del plano. Las cuatro realizadas a la catedral, son fotografías de interior y no se conserva ninguna del exterior del templo, si es que hizo alguna. Tres son del trascoro y la otra del altar mayor. La de San Lázaro es la única vista del río y de la otra orilla desde la derecha del Ebro. A lo largo de su vida Cajal fotografió numerosas veces a Silveria, en solitario o en grupo, y de su etapa en Zaragoza existen también gran cantidad de fotos. Hay retratos de cuerpo entero, alguno con niños en el regazo, y otro donde solo aparece el rostro. Para la muestra se han seleccionado once fotografías de Silveria más la que aparece en Recuerdos, cuyo original no se ha conservado.
Aragón en los ojos de Cajal. Paraninfo de la Universidad de Zaragoza. Hasta el 28 de junio del 2025.