José Antonio Val Lisa & Daniel Pérez Artigas
Doce años han pasado desde que el escritor turolense Javier Sierra publicara la novela El maestro del Prado (Planeta). A pesar de que la obra ha sido considerada por la crítica y el público como novela, lo cierto es que la palabra exacta para definir a esta clase de obras es la de faction, palabra anglosajona que se utiliza para narrar hechos probados al gran público. En aquella especie de memorias incompletas, Javier Sierra reconstruía un suceso que le ocurrió en Madrid, siendo un recién llegado a la Facultad de Ciencias de la Información. Un extraño interlocutor, que decía llamarse Doctor Luis Fovel, le asaltó hasta en cinco ocasiones en las salas de pintura del Museo Nacional del Prado para darle unas lecciones de arte que él nunca solicitó. «La gran revelación del doctor Fowel fue enseñarme que el arte es un umbral que nos permite asomarnos a otros mundos tan reales como el nuestro. El arte es un espejo mágico, un reflejo universal que, de alguna manera, ha impregnado nuestros genes desde la noche de los tiempos y emerge en los sueños y en nuestras obras creativas como mensajes de esos mundos. Solos nos falta una llave, una palabra mágica, un pasaporte, para atravesar esa puerta y descubrir lo que se oculta tras ella». Aquella obra terminaba con un acertijo, un enigma en verso escondido en un viejo volumen de la biblioteca de El Escorial, que quedó entonces sin responder.
La nueva novela de Sierra El plan maestro comienza en el verano en el que el autor publica El maestro del Prado. Sierra relata en primera persona como se lleva a sus hijos y su mujer a Cantabria a explorar las principales grutas con pinturas rupestres fechadas hace sesenta y quince mil años. En las primeras páginas hace partícipe al lector de que su verdadero plan secreto para aquel viaje era comprobar si los menores de ocho o nueve años -como sus hijos en ese momento- tenían el instinto innato para reconocer arte en una pared prehistórica. «Lo que el arte dice no se escucha, se siente. En eso los niños sois los que lleváis la ventaja sobre los demás, porque vuestra inteligencia no está sometida aún al lado racional del cerebro y es capaz de recibir mensajes que van más allá de lo común». Al otro lado de los Pirineos un sacerdote, el padre Luc Durand, está punto de entrar en el Louvre, pinacoteca que visita a menudo. Sin embargo, en la sala de los leones alados de Khorsabad recibirá la visita de un anciano, de nombre Belfegor, que le dará una lección de arte sobre una de las piezas maestras de la colección. Se trataba de un ídolo del siglo VIII antes de Cristo que se había convertido en icono mundial al aparecer en una de las películas de terror más taquilleras de todos los tiempos El exorcista. «Los buenos museos se comen el tiempo de sus visitantes. Son monstruos silenciosos que parecen dormidos, pero que atraen a los humanos del mismo modo que lo hacen las plantas carnívoras. Al principio muestran sus mejores flores y después hipnotizan a sus víctimas mientras las devoran». Dos tramas distintas que a lo largo de la novela se acabará interconectado.
El poder del Arte
El plan maestro es una amena historia que nos enseña a ver con todos los sentidos no solo las obras de arte, -la pintura —en especial la anterior a las vanguardias del siglo XX— nunca se ejecutó por motivos puramente estéticos, que es como la valoramos hoy; siempre tuvo una intención profundamente narrativa, fantástica incluso-. El autor sabe captar toda nuestra atención y complicidad al relatarnos la investigación y el análisis de los llamados guías o maestros instructores a lo largo de la historia, ya sea en las pinturas rupestres, pasando por las grandes pinacotecas, donde se encuentran artistas de la talla del Bosco, Botticelli, Velázquez, Luca Giordano, Frida Kahlo o Goya, aportando imágenes a color de las obras de arte seleccionadas, algo que ya veíamos en El Maestro Del Prado. «Aquí, en el Prado, el arcanon abarca una selección muy especial. Es una lista que no aparece en ningún inventario oficial. Pero su elenco de umbrales no es el único, no atañe solo a estas salas. También abarca obras del Louvre, de los Uffizi, de la National Gallery de Londres, de los Museos Vaticanos, del Metropolitan de Nueva York y de muchas de las grandes pinacotecas del planeta. Es como si ellas mismas conformaran un museo dentro de todos los museos que integra cuadros a los que une una sola pero fundamental característica: son obras de invocación».
Es verdad que, desde un punto estrictamente literario, la obra carece de trama y progresión dramática, de conflictos reales. Los personajes aparecen a lo largo de la historia, cada uno soltando su “rollo” sin mayores consecuencias; pero también es cierta la sorprende habilidad del autor para mezclar el arte con la historia, lo místico y lo real, en un contexto que lo hace todo aún todavía más maravilloso. «El arte es la lengua del espíritu; es el idioma que se hablaba antes de la caída de la Torre de Babel».
Javier Sierra. El plan maestro. Planeta, Barcelona, 2025. 488 págs.