Entrada principal al castillo de Albalate del Arzobispo (Teruel). Foto. José Antonio Val
José Antonio Val Lisa y Daniel Pérez Artigas
En este periodo estival, queremos mostrar el Castillo-Palacio arzobispal de la localidad turolense de Albalate del Arzobispo, a través del género del relato. No se pretende aquí contar la historia de su construcción, sino más bien, destacar un periodo o momento histórico concreto. En este primer relato nos vamos a centrar en el primer cuarto del siglo XIV. Arte, historia, amor y muerte, se aglutinan en torno a este palacio y su población.

Albalate del Arzobispo (Teruel). 20 de agosto del 2018
-¡Roberto, ven corre!. Roberto Fernández Garcés, arqueólogo-jefe del Plan director de restauración del castillo turolense, se encontraba en la capilla de los Santos Justo y Pastor, admirando las marcas de cantero que se distribuyen por toda la estancia, cuando escuchó su nombre por el walkie talkie. Era Mónica García quien lo llamada, también arqueóloga, que lleva trabajando con él los últimos cuatro años. Roberto sabía que sí Mónica lo llamada con urgencia, era que podía ser algo importante. Así que no lo dudó, salió de la capilla, en dirección a la parte baja del castillo, a través de las empinadas escaleras, se metió a la derecha, y en un par de zancadas, recorrió la sala más grande del palacio en dirección a la salida. En unos minutos recorrió el kilómetro y medio que separa el monumento de la verja de entrada. No encontró a nadie, así que decidió bajar las noventa y cinco escaleras que le dirigían hacia el centro de la población. Al final de una estrecha calle, visualizó a Mónica, que estaba en el suelo realizando una cata arqueológica, junto a un pequeño equipo de funcionarios municipales.
¡No te lo vas a creer! -dijo Mónica-
¿Eso es un enterramiento? -respondió Roberto-
Así es, estoy convencida, de que es un caballero.
Pero Mónica- dijo Roberto-, sabes tan bien como yo, que un caballero, en la Edad Media se enterraba en las iglesias, no en medio de una calle.
A no ser que tuviera la peste, o alguna enfermedad contagiosa-respondió Mónica arqueando las cejas-
¿Por qué crees que es un caballero? -preguntó Roberto cruzando los brazos –
Porque hemos encontrado un ajuar con dos espuelas, que probamente en su día fueran doradas, y una espada. Yo la dataría, en la primera mitad del siglo XIV, y que, seguramente fue forjada en Toledo o Salamanca. Y estoy convencida, de que este caballero fue enterrado aquí, a prisa y corriendo, porque hemos encontrado yeso alrededor del cuerpo. Y ya sabes que el yeso se utilizaba en aquella época como método aséptico, por cuestión de limpieza, cuando alguien moría por una enfermedad contagiosa-respondió Mónica, muy arriada-.
Mónica y Roberto durante los cuatro años que habían trabajado juntos, no siempre estaban de acuerdo en sus hipótesis. Pero en este caso, Roberto, debía de reconocer que, a la espera de futuras pruebas, la hipótesis de Mónica era la más plausible. El cuerpo del caballero, o lo que quedaba de él, se encontró por casualidad, como se encuentran las cosas importantes en la vida, en unas obras de saneamiento de una calle que da acceso al castillo. Al excavar la zanja, apareció el enterramiento. El sujeto apareció recostado de lado, y sólo han llegado hasta nuestros días, algunos huesos del cráneo y parte de un hombro, ya que el enterramiento fue afectado por unas obras anteriores en las canalizaciones del agua.
Teruel, Museo Provincial. 21 de agosto del 2018
Las prospecciones arqueológicas, realizadas en las inmediaciones de la plaza de toros, antigua entrada original al castillo de Albalate, habían dado sus frutos. En el pasillo que daba acceso al departamento de restauración, se encontraban cientos de cajas, con restos de cerámica romana junto a otras medievales cuidadosamente guardadas. Mónica, se encontraba en la sala de restauración, limpiando con gran esmero, la espada del caballero. Tras tres horas de limpieza, avisó a Roberto, pues tenía una buena noticia que darle.
He encontrado las iníciales de nuestro misterioso caballero-le comentó a Roberto, en cuanto este entró por la puerta-.
M.L
Están aquí, en el pomo, con letra gótica, ¿las ves? -preguntó Mónica-
Sí, -respondió Roberto, con aire apesadumbrado-. Buen trabajo, Mónica. No te hagas muchas ilusiones, esto va a ser difícil.
Bueno, nada es fácil en esta vida. -respondió con una sonrisa Mónica-.
…

En algún punto del camino entre Lécera y Albalate. 10 de septiembre de 1318
Me llamo Martín López Fernández, soy caballero, y voy con el séquito de mi señor, el nuevo prelado de la Mitra de Zaragoza, D. Pedro López de Luna, que se dirige a la villa de Albalate. Atiende bien mis sabios consejos, amigo Gastón, pues eres nuevo en esta empresa que se nos ha encomendado. Desde que el pasado mes de julio el pontífice Juan XXIII elevó la sede Caesaraugustana a la categoría de metrópoli, nuestro señor, D. Pedro, se convertía así en el primer arzobispo de Zaragoza y en uno de los hombres fuertes del reino. La villa de Albalate del Arzobispo, a la que vamos, se haya emplazada en un lugar privilegiado defensivamente, cuenta con una tenencia de la Santa Hermandad, que comprende también las villas de Ariño, Arcos, Andorra y Almochuel. El Concejo de la villa está formado por varios oficiales y dos miembros del jurado. La población cuenta con unos 200 fuegos, y posee cuatro puertas: del Pozadero, Santo Domingo, Santa Bárbara y del Convento. Hay una aljama judía, por la que pasaremos de camino al castillo, que se encuentra en la zona conocida como la churvilla, ¡no te inquietes, amigo Gastón!, esta comunidad, es muy pacifica, y se halla bajo la jurisdicción de la Mensa Arzobispal de Zaragoza. Tienen una sinagoga, que es lugar de estudio y oración comunitaria, y elemento vertebral de esa comunidad, sus habitantes poseen edificios modestos, que nunca sobrepasan la altura de una iglesia cristiana, a los que se accede desde la calle por un patio o atrio lateral, con espacios diferenciados para hombres y mujeres.
En lo alto de esa loma, se encuentra el castillo, ahí es a donde vamos. Se cree, que en tiempos de los moros, debió de existir en ese mismo lugar una alcazaba árabe, pero tras su purificación bajo el pontificado del obispo Eximeno de Luna, vuelve a simbolizar la autorizad señorial encarnada en el arzobispo de Zaragoza. Estaremos una semana, D. Pedro quiere ver terminadas las labores de construcción del nuevo salón palacial, y la conclusión de la capilla del castillo, dedicada a la advocación de los Santos Justo y Pastor, situada encima de la llamada Peña de Roma. Después, partiremos a la localidad de Valderrobres, a visitar su castillo, que se está reconstruyendo a la par que este.
Ya hemos llegado al patio de armas del castillo, esa cuesta es un suplicio, lo sé, pero al final, merece la pena, amigo Gastón. Dale la brida de tú caballo al mozo de cuadras, y ve a descansar un rato, nosotros nos alojamos junto a la zona del servicio. Yo tengo que ir a ver al arzobispo, luego nos veremos. El castillo había cambiado bastante, de la última vez que Martín había estado. La residencia, se sitúa en la zona meridional del castillo, a mayor altura que el resto del conjunto. La casa señorial, está dividida en dos plantas, a la inferior se entra desde el patio, está cubierta por una gran bóveda de cañón y se ilumina por tres ventanales todas ellas orientadas al sudeste. Elcuanto a la residencia palaciega, se encuentra en el piso superior, que ya se puede acceder mediante una escalera de piedra, que la última vez que estuve aquí no existía. Tras un pequeño portalón al final de la escalera, se accede al piso superior. Este edificio, dividido en seis tramos, asienta su peso en fuertes muros. Encima de la puerta de entrada a la residencia palacial, se halla el escudo de armas episcopal de mi señor, el arzobispo de Zaragoza D. Pedro López de Luna. En su interior destacan cinco grandes ventanas, tres en el lado derecho, uno en el segundo y otro en el cuarto tramo izquierdo. Todo el conjunto está pintado a base de hojas dobles y entrelazos geométricos. El suelo, luce una bella y extensa solería formada por piezas de cerámica bicolor, verde y blanca, que presenta como motivo predominante la estrella de ocho puntas enmarcada. El arzobispo, en ese momento, se encontraba hablando con el maestro de obras, junto a la ventana derecha del segundo tramo, que parece diferente al resto.
¡Amigo Martín!. ¿Qué tal ha ido el viaje?- Dijo D. Pedro López de Luna, cuando se dio cuenta de la presencia del caballero-
Bien mi señor, no ha habido contratiempos, eso es lo que importa- respondió Martín-.
He decidido que esta ventana, será mi capilla privada donde poder rezar, sin necesidad de acudir a la capilla del castillo. También es un buen lugar para recordar a mi familia, he colocado en las jambas de este ventanal, cinco escudos heráldicos, entre los que se encuentran el mío propio, y el de mi pariente el obispo Eximeno de Luna. –Afirmaba D. Pedro, mirando a los ojos del caballero, en señal de aceptación-
Todo eso está muy bien, mi señor, recordar a la familia es muy importante. Y más un linaje tan poderoso como el suyo- respondió el caballero-.
Mientras hablaban, una joven sirvienta, recorría la estancia, realizando las labores que le iban encomendando; Era idéntica a la Virgen que iluminaba el libro de horas que los padres de Martín le habían regalado, una vez que se había hecho caballero. Martín no podía quitar los ojos de la joven. Tanto es así, que hasta el arzobispo tuvo que llamarle la atención.
Martín, hijo, no es más que una sirvienta del castillo- replicó el arzobispo-
Pero para Martín se había convertido en el ser más hermoso de la creación, y él, tenía el privilegio de poder mirarla.
Mis disculpas, señores- respondió Martín, azorado-
Y el caballero salió de la sala palacial, en dirección a la zona inferior del castillo. Quería ver cómo se encontraba su caballo en los nuevos establos, después del viaje. Mientras estaba cepillando al animal, entró la sirvienta que había visto antes en la residencia palaciega, con un canasto lleno de paja fresca. Martín decidió acercarse a ella. -Perdón por importunar, mi señora, ¿podría preguntar cómo os llamáis?-
-mañana por la noche- le dijo ella-
-¿Los padres le pusieron de nombre “mañana por la noche”?-
La muchacha esbozó una leve sonrisa, y mientras se atusaba el pelo, le respondió. -Se lo diré mañana por la noche, en este mismo lugar, si vuesa merced así lo desea. Ahora estoy muy cansada, y tengo todavía mucho trabajo por hacer-Ella bajó la vista para sustraerse del embrujo que le producía aquel caballero-.
-Soy Martín López Fernández, caballero al servicio del arzobispo de Zaragoza.
Le cogió la mano y se la besó. Ella la apartó enseguida, porque sintió que le quemaba.
-Espero que pase una noche en calma, nos veremos mañana- le dijo él-.
Ella bajó la mirada, y salió de la estancia.
Albalate del Arzobispo. 11 de septiembre de 1318
Es sábado por la mañana, lo que en esta villa significa que, es día de mercado, desde que en el año 1205 el rey Pedro II concedió a Albalate mercado semanal. Bajé, junto a unos compañeros a dar una vuelta por los puestos, y a garantizar la seguridad. Había puestos de profesiones diversas venidos de toda la comarca: desde zapateros, pasando por carniceros, tenderos, tejedores, hasta barberos. Al regirse este mercado por el fuero de Zaragoza, la multa a pagar por los infractores que atenten contra la seguridad y la libertad, era de 1.000 maravedíes. Al margen de nosotros, también se encontraban en el mercado, los almutazafes, herederos de los jueces del mercado musulmán, que también velan por la integridad de las compraventas y por la legalidad de las medidas usadas. Los elementos más controlados son los abusos o falsedad en pesos y medidas, así como las mercaderías en malas condiciones.
Martín, estaba cogiendo unas cerezas de un puesto del mercado, cuando se le acercaron dos compañeros, para avisar de que su amigo Gastón se había desplomado en el suelo y no reaccionaba. Cuando el caballero acudió a su encuentro, encontró a este temblando, y con sudores fríos. Pidieron la carreta a un mercader, y acudieron de vuelta al castillo lo más pronto posible. Cuando Gastón fue depositado en la cama de su habitación, Martín avisó al físico del arzobispo, el judío Jucé Abensanya, de gran prestigio en la ciudad de Zaragoza. El médico, sabía perfectamente, que las posibilidades de contagio de numerosas enfermedades se producían a través de los alimentos en mal estado, el aire, las secreciones, el agua no potable, los vestidos…etc… ¿Qué le ocurre? -preguntó Martín consternado-. Tras haberlo auscultado, Jucé Abensanya respondió- Es pronto para saberlo, he de elaborar un historial, conocer los síntomas y las causas de por qué ha caído enfermo; diagnosticar, clasificar y determinar la enfermedad que le aqueja; y hacer un pronóstico incluido en su prescripción. -El médico pidió a todos los presentes, que salieran de la habitación, y que dejaran tranquilo al enfermo.
Serían las nueve de la noche, cuando Martín había terminado su ronda nocturna. Desde la zona noble del castillo, en el piso superior, todo estaba tranquilo y en paz. Decidió bajar al piso inferior de la fortaleza, y acudir a los establos, para encontrarse con la joven sirvienta. El caballero entró en el establo con toda precaución, en una mano llevaba un pequeño candil, con el que iluminaba la estancia, la otra mano, la tenía en la empuñadora de su espada.
¡Martín!- se oyó en un leve susurro-
El caballero, iluminó la zona de la que provenía la voz. Era la muchacha. Estaba escondida detrás de un montón de paja.
Cuando el uno estuvo frente al otro, Martín le pasó el dedo índice por la mejilla
-Me llamo Isabel de Fulla, y soy sirvienta, en este castillo, desde los diez años. Ahora tengo quince- dijo la muchacha.
Martín sonrió. No la veía, pues había apagado el candil por precaución, pero después de tanta conversación adivinaba sus gestos en cada momento.
-Tengo que salir de aquí pronto. Me estoy agotando, necesito el agua y la luz- le dijo ella.
Las palabras de Martín le acariciaban, hacían que se sumergiera en una especie de inconsciencia, que se dejara llevar.
-No solo depende de nosotros. Yo no soy libre, me debo a mi señor- le dijo Martín
Él le soltó el nudo del lazo del delantal, después se desabrochó la camisa, seguidamente del jubón. Isabel se abrió la casaca y colocó su pecho contra el de él. Martín le recorrió con las palmas de las manos los pechos, las caderas, se acercó más a ella, y la besó de nuevo.
Isabel jadeaba y Martín tuvo que colocarle la mano en la boca, pero ella giró la cara y rio. Él volvió a besarla con desesperación y notó cómo temblaba. Estaba seguro de que la intensidad de la atracción que sentían se unía al nerviosismo que les provocaba tener a pocos metros de ellos, al arzobispo de Zaragoza, y a todo su ejército.
Cuando terminaron de hacer el amor, ella le dijo casi en un susurro- No está entre mis intenciones pertenecer a la nobleza, no tengo el más mínimo interés, no es lo que busco. Me conformo con ser lo que soy- Martín, besándola de nuevo, le respondió-Tienen que pasar muchas cosas aún, Isabel, lo sé, pero sucederán. Nos volveremos a ver mañana-.

Albalate del Arzobispo. 12 de septiembre de 1318
Tras haber comido en una posada cercana a la iglesia parroquial, Martín salió del establecimiento y se dirigió a su caballo. Le acarició el lomo y la cabeza, e inmediatamente después, se subió a su montura en dirección al castillo. Tras haber pasado la aljama judía de la localidad, el caballero, empezó a sentirse un poco indispuesto. Martín, al principio, lo achacó a la abundante comida que tan bien le habían servido en la posada, luego, cuando empezó a tener sudores fríos, se acordó de su amigo Gastón, que seguía en su habitación enfermo. Cuando ya estaba llegando al patio de armas del castillo, Martín, sintió unas nauseas descontroladas, y perdió el sentido y cayó del caballo. Cuando recobró el sentido, se encontraba en su habitación, reconocía la voz de Isabel y del físico, pero lo veía todo borroso, tan sólo la voz de Isabel lo tranquilizó unos instantes. Y volvió a dormir profundamente.
Esa misma tarde, el arzobispo, convocó sin falta, en su residencia palacial, a los jurados de la villa, al representante de la aljama judía, al de la comunidad musulmana, y al físico.
Mis señores- habló primero Jucé Abensanya- me temo que tengo muy malas noticias. Tras diagnosticar al primer caballero que cayó enfermo, el resultado es el de pestilencia.
¡Por el amor de Dios! -respondió el arzobispo apesadumbrado
Es muy fácil, respondió el físico, la respuesta se encuentra en las calles de la villa. El ambiente en conjunto resulta insalubre y propicia la virulencia de las epidemias, sobre todo de la Peste Negra. La limpieza en las calles debe ser algo esencial para el buen gobierno del municipio. Un veedor de muros y carreras, debería de encargarse de la limpieza de las calles, así como de la retirada de desperdicios, escombros y animales muertos. Y arrojar los despojos fuera del casco urbano, en un sitio alejado de los caminos utilizados para entrada y salida de la villa. No es de extrañar, que en pocos días, aparezcan más casos. Tenemos que hacer algo.
Los miembros del jurado, alegaron que, los altos impuestos que había que pagar tanto al arzobispo, como al rey, hacían que fuera imposible tener un presupuesto digno para mantener a la villa.
En efecto, a los pocos días, la epidemia se propagó por el resto de la población. Los afectados, eran cuidados en sus casas, por sus familias. Los regidores de la villa, con autorización del arzobispo, socorrieron a los más menesterosos, repartiendo gratuitamente trigo. En el castillo, también apareció esta epidemia, cincuenta individuos, entre la soldadesca y el servicio, se vieron afectados por la enfermedad, lo que obligó al arzobispo, a tomar la determinación de salir, más pronto que tarde, en dirección a Zaragoza. Isabel, no se encontraba entre los afectados, pero no dejaron que se quedara con Martín. La subieron a una mula joven, en dirección a Zaragoza, junto al séquito del arzobispo. Lo que la muchacha desconocía, era el precioso regalo que Martín había dejado en su vientre. El físico Jucé Abensanya, quiso quedarse en la villa, para salvar a cuantos pacientes pudiera, pero el arzobispo no se lo permitió, teniendo que viajar a Zaragoza, junto a el prelado, dejando a los enfermos al cargo de sanadores menores como los cirujanos y barberos, qué por regla general, eran de una casta inculta, y sus actuaciones, quedaban muy limitadas a sacar muelas, poner ventosas, y hasta tratar fracturas y luxaciones.
…
Antes de que el arzobispo abandonara la villa, accedió a que los enfermos que se encontraban en el castillo, fueran trasladados, a modo de cuarentena, a la sala más grande del palacio, esto es la zona inferior de la casa señorial. El prelado también ordenó el cierre de las puertas de la villa a cualquier extraño, con ello se paliaba algo los efectos del contagio. Hoy en día se sabe, qué junto al tifus y otras enfermedades, la peste, producida por el bacilo Yersinia pestis, es una de las enfermedades más contagiosas conocidas por el hombre. Procedente del Mar Negro, llegó a los puertos del mar Mediterráneo, a través de Italia. Sus principales portadores, eran los roedores y las pulgas que vivían con estos animales, que acababan picando al hombre. Los testimonios históricos sobre estas grandes pandemias que asolaron a la Corona de Aragón y a Europa entera, nos hablan de que la muerte se producía en un máximo de cinco días, y sus síntomas incluían desde colapsos súbitos hasta inflamación de los ganglios, gangrenas en las extremidades y fiebre con delirios. Un conjunto de manifestaciones que dejan poco lugar a las dudas de que sus efectos eran muy traumáticos sobre el ánimo de las gentes que desconocían por completo los mecanismos de transmisión de esta enfermedad.
Martín y Gastón, junto a los cuarenta y ocho individuos enfermos, que se encontraban aislados en el castillo, murieron a los ocho días de propagarse la enfermedad. En el resto de la población, la situación no era mejor, cien individuos de la villa, habían perdido la vida, a causa de la peste. La muerte no entendía de edades, condición social o sexo. En cuestión de días, habían desaparecido familias enteras. Se decidió hacer una fosa común de urgencia, en los alrededores del castillo, para enterrar a las 150 personas que habían perdido la vida a causa de esta pandemia. Los fallecidos fueron perfectamente alineados unos de otros, envueltos en sudarios de lino y colocados a lo largo de once capas diferentes sobre las que se vertían grandes cantidades de cal viva disuelta en agua con la intención de sellar la tumba, mitigar los efectos de la propagación de la enfermedad, pero también para luchar contra el intenso olor a putrefacción de los cadáveres. En recuerdo del gran servicio que el caballero Martín López Fernández había tenido con su señor el arzobispo de Zaragoza, el prelado autorizó un entierro digno de un caballero, fuera de la fosa común, pero con las mismas medidas de seguridad que con el resto de contagiados. Martín, fue enterrado unos metros más abajo de la fosa común, en un ataúd de madera, vestido con un sudario blanco, y con su ajuar, que consistía en dos espuelas de oro y su espada.