Detalle del sarcófago del funcionario de Tebas Ameniryirt. Dinastía XXVI, Ca. 600 a. C. Foto. Trustees of the British Museum.
José Antonio Val Lisa & Daniel Pérez Artigas
Es bien sabido que la antigua civilización egipcia creía en la vida eterna; también es bien conocido que no todo egipcio tenía la posibilidad de prepararse para el gran viaje al mundo de los muertos a través de los rituales de momificación, sólo accesibles para el faraón, su familia y los miembros de las élites. Al llegar a la otra vida, el difunto, se asimilaba con el dios Osiris, señor de los muertos y uno de los gobernantes míticos de Egipto antes de la creación de la humanidad; también se asociaba con otros dioses, entre ellos Re, el dios solar; y al igual que el sol, viajaba cada noche por el inframundo para renacer a diario con el alba. Para contener el proceso de descomposición, y mantener el aspecto humano del cuerpo, había que momificar al difunto mediante un proceso que duraba setenta días. En el periplo hacia su nueva vida, el cuerpo mortal de difunto debía acoger amuletos colocados estratégicamente por los sacerdotes por el interior del cuerpo y de los voluminosos vendajes para protegerlo mágicamente y dotar al difunto de fuerza divina en el Más Allá. Para ello era necesaria una tumba cuya función era acoger el cuerpo.
Durante el Reino Antiguo y el Reino Medio se erigieron pirámides, cuya emblemática forma proveía al faraón y su familia de una escalera simbólica al cielo. Más tarde, las tumbas pasaron a excavarse en las laderas del Valle de los Reyes, en Tebas, con el objetivo de ocultar su ubicación y disuadir a los saqueadores, en la mayoría de los casos ya en la antigüedad. Todas las tumbas estaban decoradas minuciosamente con imágenes, textos mágicos y protectores, así como con descripciones de rituales. A pesar de las precauciones, casi todas las tumbar acabaron siendo saqueadas.
La exposición Momias de Egipto. Redescubriendo seis vidas, que puede verse en él CaixaForum Zaragoza hasta el 2 de junio, explica la idea de momificación y el concepto de la muerte y del más allá en el antiguo Egipto. El centro de esta muestra son seis personas: un funcionario encargado de los dominios, dos sacerdotes, una mujer casada, un niño y un joven grecorromano que vivieron en diferentes épocas del antiguo Egipto entre los años 800 a. C y 100 d. C. El recorrido se estructura en ocho ámbitos: uno introductorio, otro de conclusión y seis centrales, que corresponden con cada una de las momias. Junto a las seis momias y algunos de los sarcófagos, se exhiben más de 260 objetos encontrados en tumbas y yacimientos, todos pertenecientes a la colección del British Museum; todos los objetos que se muestran en la exposición abordan cuestiones como las practicas curativas, los intercambios culturales, la religión, la familia, la música, los cosméticos, la peluquería y los adornos corporales, así como el papel de la mujer y los niños en esta rica civilización que floreció a lo largo del valle del Nilo.

Momias a la luz de la ciencia
Los últimos avances en tomografía computarizada e imágenes tridimensionales han permitido desenvolver virtualmente los restos momificados sin dañar las momias, con ello se han descubierto aspectos detallados de la vida de estas personas hasta ahora desconocidos. Por fortuna, se conoce el nombre de casi todas las momias que figuran en la exposición, algo de vital importancia para la preparación del difunto al más allá. La primera de las momias expuestas se llamaba Ameniryirt. Las inscripciones de sus tres sarcófagos revelan que era funcionario y que trabajaba en los dominios de la divina adoratriz de Amón Amenirdis, hija del rey Kashta (Ca. 760-747 a. C). Como “servidor de los ingresos”, supervisaba unos dominios de enorme riqueza, lo que lo situaba en una posición de poder. La esmerada conservación de su cuerpo, magnífico ejemplo de la momificación en el antiguo Egipto, nos confirma que pertenecía a la élite local y que su riqueza le permitía ser momificado. La momia está envuelta en lino de hasta 12 cm de grosor y su mortaja exterior estaba teñida de rosa oscuro o rojo. La topografía computarizada ha revelado que tenía entre 35 y 49 años cuando murió. También se ha descubierto que padecía cáncer en los tejidos blandos extendido a los huesos.

Dos sacerdotes de Tebas
Según las inscripciones conservadas en los sarcófagos, se llamaban Nesperennub (Ca. 800 a. C.), y Penamunnebnesuttawy (Ca. 700 a. C.). La primera momia pertenecía a una familia de alto rango, y es identificado como un sacerdote del templo de Karnak, el complejo religioso más importante de Tebas (la actual Lüxor). Entre sus obligaciones debían de contarse la de abrir las puertas del santuario de la estatua y la de servir libaciones (ofrendas líquidas). En cuanto a la momia del segundo sacerdote, debió de servir a varios dioses, al igual que su padre, y su actividad se repartía entre varios templos. Las topografías computarizadas indican que debajo de los envoltorios de Nesperennub, se distribuyeron muchos amuletos y otros objetos rituales, a los que se atribuían poderes mágicos que protegían al difundo y lo ayudarían a alcanzar la inmortalidad; en cambio, el cuerpo de Penamunnebnesuttawy fue cuidadosamente momificado. A diferencia de las dos momias anteriores, el embalsamador no extrajo el cerebro.

Alimentos para la otra vida
En uno de los ámbitos de la exposición se dedica un apartado a los restos de comida encontrados en los yacimientos arqueológicos, que sugieren una dieta rica y variada, al menos para las clases altas. El pan y la cerveza de cebada, espesa y nutritiva, eran alimentos básicos. Los ricos también bebían vino. Las comidas incluían alubias, pescado, aves y una gran variedad de frutas y verduras, como dátiles, higos, frutos de la palmera, granadas, pepinos, ajos y cebollas tiernas. La carne era un lujo del que mayoría de la gente solo disfrutaba en ocasiones especiales.

Una mujer casada con un sonajero
Como hemos podido ver hasta ahora, los antiguos egipcios que tenían poder económico para conseguir ser momificados, se hacían enterrar con amuletos sobre el cuerpo o en su interior. En otros casos, junto a las momias, se enterraba el ajuar funerario, que contenía: cosméticos, aceites, perfumes, joyas, abalorios, juguetes, collares, pulseras o anillos. Los hombres y las mujeres de alto rango, se llevaban consigo a la otra vida estos objetos como símbolo de su estatus. En esta exposición encontramos la momia de Takhenemet, una mujer casada que vivió en Tebas, hacia el año 700 a. C. Falleció entre los 35 y los 49 años. Fue enterrada en tres sarcófagos encajados uno dentro de otro, cuyo estilo y calidad sugieren que fueron fabricados en Tebas. Su padre, Padikhonsu, era portero de un templo dedicado a Amón, probablemente el de Karnak. En su sarcófago interno está representada la momia como una mujer joven. Lleva un vestido semi translúcido y sostiene un instrumento musical conocido como sistro (parecido a un sonajero). La tomografía computariza revela que su cuerpo fue cuidadosamente momificado y que lleva el pelo recogido en un moño en la parte superior de la cabeza.

La conquista de Egipto
El dominio griego y después el romano conllevaron muchos cambios para Egipto, desde la manera de administrar el país hasta algunas tradiciones funerarias. Durante los cuatrocientos años que duró el periodo gregorromano, persistió en gran parte de la sociedad egipcia la antigua costumbre de embalsamar y enterrar a los muertos, a pesar de que muchos recién llegados se mantuvieron fieles a sus propias creencias y prácticas funerarias (cremación o inhumación). A pesar de todo, la momificación en sí sobrevivió, pero a menudo como resultado de una fusión entre las costumbres funerarias egipcias, griegas y romanas. Si bien bajo dominio griego se mantuvieron sin apenas cambios los métodos de embalsamiento, en época romana se empieza a observar un mayor énfasis en el aspecto externo de la momia, y las estatuillas de dioses y los rollos de papiro del Libro de los muertos dejan paso a objetos menos tradicionales y más cotidianos como joyas y juguetes. A pesar de esos cambios, las prácticas funerarias mantuvieron su propósito esencial: ayudar al difunto a renacer en el más allá y seguir los pasos de Osiris.
Situado a la entrada del oasis de El Fayum, Hawara se utilizó intensamente durante los periodos de dominio griego y romano como cementerio de la cercana ciudad de Arsínoe. Procedentes de este cementerio, la exposición muestra las momias de un niño pequeño (Ca. 40-55 d. C), y de un joven del Egipto grecorromano (Ca. 100 a. C – 100 d. C.).
La momificación de los niños era poco habitual en el antiguo Egipto, pero todo indica que aumentó su práctica durante el periodo romano. Este niño que figura en la exposición fue descubierto junto a otras momias, incluyendo una mujer y dos niños más. El niño tenía unos cuatro años cuando murió; su pequeño cuerpo fue envuelto con sumo cuidado en muchas capas de vendajes. Su retrato, pintado con delicadeza, sugiere que procedía de una familia de élite. En la parte inferior de su cuerpo, la mortaja recoge escenas tradicionales, como la de unos sacerdotes oficiando rituales y presentando ofrendas a los dioses. En el registro inferior aparece el niño como una figura totalmente dorada.
En cuanto a la momia del joven grecorromano, la topografía computarizada revela que debió de morir entre los 17 o 18 años; se ha encontrado un gran desorden en el contenido de sus cavidades pectoral y abdominal, debido a que alguien, por desgracia, accedió al interior de su cuerpo después de su momificación, desde la mitad de la espalda, quizá en un intento de encontrar amuletos de valor. En esta época, las momias iban acompañadas de una máscara de cartonaje del difunto, que nos permite contar con una imagen de un gran realismo de las personas fallecidas.
Momias de Egipto. Redescubriendo seis vidas. CaixaForum Zaragoza. Hasta el 2 de junio del 2024.