500 años de azules, en la Colección Abelló 

Francisco de Goya. La Cucaña. Ca. 1786-1787. Óleo/lienzo. Foto. José Antonio Val

José Antonio Val Lisa & Daniel Pérez Artigas

El ser humano desde sus orígenes ideó maneras para reproducir los colores que pronto aparecieron en pinturas, telas, mosaicos o vidrieras. A lo largo del tiempo, el color se ha ido definiendo sucesivamente como una materia, luego como una luz, y, al final, como una sensación. Antes, los artistas realizaban sus mezclas para conseguir las coloraciones y jugaban con el brillo o la opacidad. Por ejemplo, la pintura veneciana se distinguía por el lustre de sus matices respondiendo así a las necesidades de las comisiones que recibían. Pero no será hasta finales del siglo XVIII cuando el artista salió del encierro de su taller o de su estudio para pintar al aire libre. En la actualidad sabemos que, los colores que ostentan una mayor actividad lumínica (amarillo, naranja y púrpura) tienden a representar temperamentos enérgicos, alegres o pasionales, en contraposición con los más sombríos (verde, violeta, azul), que personifican más bien la tranquilidad, la esperanza y la prudencia. 

Fundación Ibercaja ofrece en su Museo Goya una exposición en la que el color azul aparece como protagonista o de manera anecdótica, en una cuidada selección de obras de arte que abarca desde el siglo XV al XX y, que proceden de la Colección Abelló. La muestra reúne un total de 41 pinturas, con una gran variedad de estilos, géneros y grandes nombres de la historia del arte. 

La Colección Abelló es una de las más importantes de España y una referencia internacional, que se ha ido gestando con paciencia y vocación durante más de cuarenta años y que consta de quinientas obras que forman un mosaico único del arte. El empresario Juan Abelló heredó de su padre la afición y algunas obras maestras, y su esposa, Anna Gamazo, aportó su propio legado tanto material como espiritual: de conocimiento y sensibilidad 

Luis de Morales. La Virgen del Silencio. Ca. 1550. Óleo/tabla. Foto. José Antonio Val

Pintura religiosa  

En pintura, el manto de la Virgen se realizaba usualmente en gamas azules para relacionarlo directamente con el cielo, siendo el más valioso de los pigmentos por el alto coste de su realización. En La Virgen con el Niño en un trono, rodeados de ángeles, (Ca. 1470-1490, temple sobre tabla), el aragonés llamado «Maestro de Morata» nos presenta a la Virgen con un manto azul intenso, símbolo de eternidad y con una maestría que aporta un volumen único en las telas. Siguen esos mismos cánones las obras de Vicente Maçip, Virgen de la Leche con san Juanito (1522-1525, óleo sobre tabla), La Virgen del Silencio, de Luis Morales, apodado el Divino, (1550, óleo sobre tabla), o la miniatura de Luis Paret, La Virgen con el Niño, cercana a 1780, donde la protagonista aparece vestida de añil.  

Luis de Morales. La Virgen del Silencio. Ca. 1550. Óleo/tabla. Foto. José Antonio Val

Pintura de asuntos sociales 

Del siglo XVIII destacamos: El Minué de Giovanni Domenico Tiepolo, (Ca. 1765, óleo sobre lienzo), aquí asistimos a una escenificación rítmica y brillante de sus protagonistas; el maestro Francisco de Goya está presente con la obra La cucaña, (Ca. 1786-1787, óleo sobre lienzo), esta espléndida pintura fue expuesta hace quince años en Zaragoza. Después de una cuidada limpieza, la pintura puede verse en su plenitud cromática y técnica, pudiéndose observar el exquisito detalle de cada pincelada, y puede apreciarse también la genialidad de un pintor veinteañero. La obra, en formato vertical, sigue el largo palo de la cucaña, que ocupa el eje central de la composición. Un efecto óptico que se consigue gracias a la maestría del pintor en el uso de los colores: dos de los personajes con vestimentas azuladas, que intentan trepar por un palo, guían al espectador en dirección hacia el cielo pintado por Goya con distintas graduaciones cromáticas.  

El paisaje  

Del siglo XIX, destacamos al pintor Eugenio Lucas Velázquez con su Paisaje oriental, donde el azul predomina al invadir toda la tela alcanzando una dirección óptica que nos guía lo largo de una gama de colores que encajan a la perfección. La escena de 1856, está ligada a otra en la exposición, la del español Joaquín Mir en Mercado de pescado en la playa, (Ca. 1920, óleo sobre lienzo), el cerúleo es el imprescindible, así como el movimiento creado por el efecto visual de las velas de las embarcaciones, algo que de semejante modo fue apreciado en el paisaje de Velázquez. Y es que el paisaje, como vamos observando a lo largo de la exposición, cada vez ocupa un lugar más destacado en las composiciones. En ese sentido, cuando hablamos de paisaje, no debemos olvidarnos de uno de los movimientos que más influyeron en el alcance de este género: el impresionismo. Su representante más célebre fue Camille Pissarro, que aparece representado en esta exposición con la obra Trabajadores en el campo, Pontoise, (1880, gouache y pastel sobre papel). Aquí, el artista nos revela una escena en él campo a tan solo 35 km de París, en la localidad en la que se instaló durante años y que hoy es un museo. La grandeza que tiene esta composición es que es un claro ejemplo de la transcendencia del plein air y del realismo social. Dentro del paisaje, el mar será el protagonista en la obra, Niño en la playa. Sol poniente, (1907, óleo sobre lienzo), de Joaquín Sorolla. Sí algo ha perdurado en la memoria visual que tenemos del valenciano es, precisamente, el luminismo que invade esta creación. Una luz mediterránea, propia de su tierra, que supo captar a través del naturalismo. 

Joaquín Sorolla. Niño en la playa. Sol poniente. 1907. Óleo/lienzo. Foto. José Antonio Val

Figuras humanas 

A partir del siglo XIX, con Paul Gauguin, el azul deja de atribuirse únicamente al cielo y al mar para ser el protagonista en obras que retratan la intimidad de las mujeres, como en su pintura Tahitiana sentada, (1891-1893, acuarela, y grafito sobre papel hecho a mano), Desnudo sobre fondo azul, de Pierre Bonnard, (Ca. 1914-1916, óleo sobre lienzo), Mujer peinándose, de Edgar Degas, (Ca. 1887-1890, pastel sobre monotipo sobre papel), o Estudio #179, de Tom Wesselman, que en el año 1989 representó en esta obra la cosificación de una mujer que aparece sin rostro. Las mujeres no solo están representadas en esta muestra como parte de las pinturas, sino también como creadoras, con dos nombres: María Blanchard, Naturaleza muerta, (Ca. 1917-1918, óleo sobre lienzo), y Sonia Delaunay, Formas circulares, (Ca. 1914-1915, gouache sobre cartulina). Dos grandes referentes de la pintura del silgo XX, dentro del movimiento cubista y abstracto, respectivamente. 

Sam Francis. Asían Dyes, nº2. 1973. Acrílico sobre papel. Foto. José Antonio Val.

Las vanguardias 

Las primeras décadas del siglo XX y la presencia de los diferentes movimientos artísticos que se fueron sucediendo, evidencian una de las etapas más fructíferas para este periodo artístico. Por un lado, hay presencia del cubismo con naturalezas muertas como la magnífica obra El cazo, de Juan Gris, (1919, óleo sobre lienzo), un género recuperado por los cubistas que les permitía representar los objetos de forma fragmentada y, en ocasiones, empleando otros materiales (recortes de periódicos o papeles) creando así los novedosos collages. Para el caso de Picasso, se presenta en esta exposición una obra anterior a esta etapa. Los Saltimbanquis, fechada en 1904, es una creación tardía de su denominado periodo azul que incluso podemos incluir en el posterior, el rosa. Picasso nunca dejó de experimentar y este ciclo, es como casi todos los demás, consecuencia de su estado anímico. En esos años sufre en su propia piel las secuelas de la pobreza y su mundo entero gira en torno a borrachos, prostitutas y gente de circo. No podía faltar en esta selección, Joan Miró, uno de los principales exponentes del surrealismo. En Mujeres, pájaros y estrellas, de 1942, una mancha azul se encuentra en el centro de la composición y con una finalidad opuesta a la de su amigo Picasso, o su coetáneo Max Ernst y el óleo Sin título. (1928). También está presente el expresionismo abstracto con referentes como Willem de Kooning, Sin título, (1965, óleo sobre papel de periódico adherido a cartón), o San Francis, Tintes asiáticos, nº2, (1973, acrílico sobre papel), y el grupo «El Paso» con Manuel Rivera como autor, que presenta en esta muestra una obra, Mutación II, (1982, alambre, tela metálica, metal y óleo sobre madera), donde destaca el volumen y los materiales. 

El pop art cierra el recorrido por la exposición con Andy Warhol y su Signo de dólar, (1981, tinta serigrafiada y pintura de polímero sintético sobre lienzo), con el simbolismo del dólar en el color rojo sangre sobre un llamativo fondo azul. 

Esta exposición es un viaje del alma humana que va desde el idealismo religioso al mundo material del dinero. 

Azul. Colección Abelló. Museo Goya. Colección Ibercaja. Museo Camón Aznar. Hasta el 29 de enero del 2024. 

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