María Buil. sueños y símbolos 

José Antonio Val & Daniel Pérez Artigas 

Afirma el pintor aragonés Pepe Cerdá: “un verdadero pintor ha de luchar denodadamente con su obra y su incapacidad para ejecutarla”. En cambio, la pintura, ni juzga ni distingue, es subversiva de un modo distinto, porque no dice, sino que muestra. María Buil (Zaragoza, 1970), es una pintora clásica y moderna, serena y audaz; un espíritu atemporal de la pintura. Su obra es siempre sincera, aunque no siempre diáfana o amable. Organizado por el Vicerrectorado de Cultura y Proyección Social de la Universidad de Zaragoza, la exposición de María Buil, El instante atrapado, reúne más de setenta obras pictóricas, en su mayor parte grandes formatos, dividas cronológicamente en dos salas: En “la sala roja”, se dan cita sus cuadros de carme, y en la “sala verde”, que está repleta de frutas, verduras, pasteles y retratos de bebés.  

Retrato de oveja. 2017. Óleo/lienzo.

Pintar con el vértigo inicial y luego con el gozo. 

A lo largo de los años, María Buil, ha abrazado nuevos asuntos como la pintura mural, bodegones, retratos de carne, retratos de familiares queridos desprovistos de fondos, flores, verduras, frutas, pasteles, madres, bebes y niños. Su obra tiene afinidades hacia Rembrandt, Velázquez, Hopper, Bacon y Freud, sin embargo, la artista sigue su propia senda con libertad. La atracción por la carne, como material para sus bodegones, le interesa, sobre todo de los animales vivos y muertos, desollados y abiertos en canal. Es el tema fundamental de la salsa donde se exponen los cuadros rojos. Hay muchas más cosas: testículos, riñones, vísceras, manitas y cabezas de cerdo, peces y todo ello es interpretado con una mirada despojada y atrevida, dominada por los colores que se imponen: el rojo y el rosa. Podríamos afirmar que estamos ante retratos. Un retrato es la representación de un sujeto por otro sujeto. Para la artista, los animales, las flores y las hortalizas que figuran en esta exposición, son su canto a la vida, su exaltación de la naturaleza.  

Manuela. 2016. Óleo/tabla.

Espejos por descubrir.  

En la segunda sala, se exponen los cuadros verdes, retratos de niños y cinco que figuran helados y pasteles. Manejar los tonos verdes como los maneja la artista en los Bodegones con puerros, con repollos y con verduras, (óleo/lienzo, 2008), no es fácil; sin embargo, en sus cuadros resultan armónicos y majestuosos. Un pequeño placer tan trivial en apariencia como son los helados o los pasteles, en la exposición, la artista nos los muestra a punto de derretirse, de descomponerse en muchos casos, sin embargo, María Buil consigue mostrarnos un sinfín de matices con esos rojos carnosos, que evocan veranos al aire libre y una felicidad plena. En esta sala también hay retratos, sobre todo de niños. En la mayoría de estos retratos, en los que apenas utiliza fondos, resaltan los ojos, la cara, la suavidad de la mirada; en cambio, en otras obras que se encuentran en la “sala roja”, donde figuran también niños, como en el tríptico La salida. 1998-1999, o en el óleo titulado Interior de iglesia (1999), asistimos a una especie de tránsito entre vivos y muertos. 

La ausencia de fondos en sus retratos, sean de carne, de verduras, flores, frutas o niños, nos remite al instante del nacimiento, al misterio del dolor y el esfuerzo en aquello que ha emergido y que no acertamos a adivinar, pero que merece nuestra atención. 

María Buil. El instante atrapado. Paraninfo de la Universidad de Zaragoza. Hasta el 8 de julio del 2023    

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